Una Estanciera, un cometa y el viaje más lento del mundo
Lo confieso: cuando vi «herencia, llave misteriosa, hermanos en una escribanía», pensé que me esperaba un drama familiar con olor a naftalina. Error. A las diez páginas ya tenía la llave de bronce metida en el bolsillo junto a Martín, y no la solté hasta el último capítulo, leyendo de pie en el metro como una loca.
«Un segundo por segundo» arranca en Esquel, con viento de cordillera y cuatro hermanos que acaban de enterrar a su padre, un mecánico de pocas palabras. Tres reciben los ahorros. Martín, el menor, recibe una llave que no abre nada en la casa y una tarjeta que dice «Para el que todavía tiene tiempo». A partir de ahí la novela se convierte en una búsqueda del tesoro que, sin hacer ruido, se va deslizando hacia la ciencia ficción. Y qué bien lo hace.
Lo que más me gustó es que el elemento fantástico no llega con efectos especiales, sino con olor a aceite, un termo de mate y una IKA Estanciera tapada con una lona. Aquí la física se explica con relojes subidos a un cerro y con el agua de un río que se puede frenar pero no hacer correr para arriba. Es ciencia ficción con las manos manchadas de grasa, y eso la vuelve tremendamente cercana.
Hubo un momento que me hizo parar en seco: un diario viejo que mancha los dedos de tinta fresca. No digo más. Y luego unas cartas escritas a alguien «donde esté» que me obligaron a fingir que me había entrado algo en el ojo delante de un señor muy serio con maletín.
No todo es perfecto. La mitad del libro abusa un poco de la lectura del cuaderno: hay muchas páginas de Martín leyendo lo que otros vivieron, y aunque esa voz joven del padre es preciosa, por momentos sentí que la acción se quedaba aparcada. También algunas imágenes se repiten tanto (el viento paciente, el cometa puntual) que pierden fuerza. Y si buscas aventura trepidante, esto no va por ahí: es una novela de pasos lentos.
Pero esa lentitud es justamente la idea. El libro habla del tiempo vivido de a uno, de lo que cuesta llegar acompañado, de cómo «ver no es lo mismo que preguntar». La relación entre los cuatro hermanos, con sus torpezas y silencios, es lo mejor: nadie es villano, todos se equivocan un poco y se quieren mucho. El tramo en el cerro con Ana, de noche y con frazadas, es de lo más tierno que he leído este año.
Se lo recomiendo a quien tenga hermanos, a quien haya mirado las estrellas sin saber para qué y a quien crea que la ciencia ficción tiene que ser fría. Esta no lo es en absoluto.
Un segundo por segundo
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
