La Estanciera que llegó tarde a tiempo
Mi padre guardaba en un cajón una llave que no abría nada. Nunca le pregunté. Cuando murió, la tiré. Por eso empecé esta novela con cierta desconfianza personal, como quien abre una carta que podría haber escrito él.
La premisa es sencilla y astuta: un mecánico de Esquel reparte sus ahorros entre tres hijos y al cuarto le deja una llave de bronce y una tarjeta que dice «Para el que todavía tiene tiempo». Lo demás conviene descubrirlo con calma, por la Ruta 40 y con mate frío. Basta decir que hay una Estanciera, un reloj con dos esferas y un cometa que cumple sus citas mejor que cualquier ser humano.
Lo que brilla es la prosa. Arrieta y Falcón escriben con frases cortas y limpias que de pronto se iluminan: «Todo es energía que se cansa de estar quieta», «llegaste tarde», «llegué en una tarde». La ciencia ficción está tratada como la trataría un mecánico: sin fuegos artificiales, con bobinas, gradientes y una huella de grasa en el cuaderno. La relatividad cabe en dos relojes subidos a un cerro, y me la creí. El capítulo del viaje fallido, contado en primera persona y con la letra torcida, es lo mejor del libro: los álamos que crecen, el diario que mancha los dedos, el chico de la bicicleta que saluda despacio. Ahí la novela deja de ser ingeniosa y se vuelve verdadera.
Lo que sobra, o lo que pesa, es cierta insistencia. El viento «frío y paciente» y el «sin apuro» vuelven tantas veces que uno empieza a contarlos como su protagonista cuenta tornillos. Los hermanos tienen un rasgo cada uno y lo exhiben con disciplina militar: Raúl hace cuentas, Teresa llega tarde, Ana mira. Funciona, pero se nota el andamio. Y hacia el desenlace la novela se pone tan tierna que roza el almíbar; a quien busque aristas le parecerá un abrazo demasiado largo. Yo, que soy gruñón de profesión, aguanté el abrazo y acabé devolviéndolo.
También se agradece que todo el conflicto se resuelva sin villanos: aquí el único antagonista es el tiempo, y nadie le gana, apenas se negocia con él. La pérdida está tratada con pudor, sin regodeo, y la tristeza tiene siempre una ventana abierta.
No es una novela perfecta. Es algo más raro: una novela amable que no es tonta. Subrayé más de lo que pienso admitir en público. Y me quedé pensando en aquella llave que tiré sin preguntar a qué puerta pertenecía.
El futuro, dicen estos dos autores, no se visita: se llega. Yo añadiría que algunos libros tampoco se leen; se acompañan, un segundo por segundo.
Un segundo por segundo
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
