El viaje más largo es el que se hace de a un día
Hay novelas que empiezan con una herencia injusta y terminan hablando de otra cosa. «Un segundo por segundo» arranca en una escribanía de Esquel, con tres hermanos que reciben ahorros y un cuarto, Martín, que recibe una llave de bronce y una tarjeta: «Para el que todavía tiene tiempo». Lo que sigue es una ciencia ficción de taller, hecha con bobinas, mate frío y una Estanciera verde agua, que usa la física del tiempo como excusa para preguntarse algo mucho más íntimo.
Lo que más me conmovió es cómo está construido el padre ausente. Joaquín Ibarra nunca aparece vivo y, sin embargo, es el personaje más presente del libro. Se lo conoce por los frascos etiquetados, por un saco de corderoy que nunca se puso, por una frase en el margen de un manual. Los autores entienden algo que vi muchas veces en consulta: a los padres solemos conocerlos después, a través de los objetos, y con la culpa de no haber preguntado a tiempo. Ana lo dice con una sencillez que duele: ver no es lo mismo que preguntar.
Los hermanos están bien diferenciados sin caer en caricatura. Raúl, que se refugia en los números y los trámites cuando la emoción lo desborda; Teresa, siempre llegando tarde y pidiendo perdón; Ana, la hermana que cuida haciendo preguntas cuya respuesta ya conoce. Sus reacciones ante lo imposible son creíbles: incredulidad, enojo, y luego esa reconstrucción compartida de recuerdos que de pronto encajan. La escena de la cocina, cuando cada uno saca de la memoria una frase del padre que ahora significa otra cosa, es de lo mejor del libro.
Elena, la física que espera, merece mención aparte. Sus cartas no enviadas tienen una dignidad muy bien medida, y la novela evita convertir su historia con Joaquín en un melodrama: la deja ambigua, contenida, y por eso más verdadera.
Mis reparos son pequeños pero existen. La prosa, cálida y cuidada, a veces subraya lo que ya habíamos sentido: ciertas imágenes vuelven demasiado, como el viento que llama sin apuro, y algunas frases cierran capítulos con un tono de sentencia que no hacía falta. También hay momentos en que la trama avanza por hallazgos algo convenientes, con un documento escondido justo donde se lo necesita. No le restan emoción, pero sí algo de sorpresa.
Aun así, cerré el libro con una sensación que no es habitual: la de haber sido invitada a mirar el cielo acompañada. Es una novela sobre el duelo, sobre la soledad de llegar a destiempo y sobre la decisión, nada heroica y muy valiente, de quedarse. Se puede leer sin conocer nada de física y se puede regalar a cualquiera. Yo la regalaría a alguien con quien todavía no he terminado de hablar.
Un segundo por segundo
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
