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Una Estanciera, un cometa y cuatro hermanos: el viaje en el tiempo más tierno del año

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Si entra alguien a la librería buscando algo que emocione sin hacer daño, este es el que le pongo en las manos. Arranca en una escribanía de Esquel, en pleno invierno patagónico: un mecánico ha muerto y reparte la herencia entre sus cuatro hijos. A tres les deja sus ahorros. A Martín, el pequeño, que dejó ingeniería y no sabe qué hacer con su vida, una llave de bronce y una tarjeta que dice «Para el que todavía tiene tiempo». Con eso ya me tenían.

Lo que viene después es una búsqueda con aire de novela de misterio doméstico: cerraduras que no giran, recibos de alquiler de un galpón del que nadie sabía nada, fotos que empiezan demasiado tarde. Y cuando por fin aparece lo que abre la llave, el libro cambia de marcha y se convierte en otra cosa. No voy a contar más, pero sí diré que la ciencia ficción aquí es de la amable: nada de jerga ni naves, sino un cuaderno de tapas azules, una física llamada Elena y una idea muy sencilla sobre el tiempo explicada con dos relojes y un río.

El ritmo es pausado, de mate y viento. Hay capítulos que son puro paisaje y silencio, y a quien le guste eso lo va a disfrutar muchísimo. Los mejores momentos son pequeños: un anciano de Epuyén que por fin encuentra a alguien que le crea, una carta escrita en 1986 a una persona que no podía leerla, una hermana que sube un cerro de noche con unas botas imposibles. Ahí el libro es redondo.

Ahora, para ser honesto: en la recta final las imágenes se repiten un poco. El viento «frío y paciente», el olor a tormenta, la frase de que algo llama «sin apuro» vuelven tantas veces que se notan. Y algunas revelaciones se ven venir desde lejos; el lector atento hará la cuenta del cometa antes que Martín. El último capítulo cierra todo con mucho lazo, quizá más dulce de lo necesario, aunque confieso que me tocó igual.

Es un libro sobre pérdida, sí, pero tratado con una delicadeza enorme: la tristeza está, pero nunca se regodea. Ideal para quien disfrutó de historias familiares con un punto mágico, para lectores que normalmente huyen de la ciencia ficción y para cualquiera que tenga hermanos con los que hace tiempo que no habla. Léanlo un domingo de lluvia, con algo caliente al lado. Y después, si pueden, salgan al patio a mirar el cielo con alguien.

Un segundo por segundo

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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