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El tiempo, a un segundo por segundo

Aurelia Vidal

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que confunden la ciencia ficción con el inventario de artefactos. «Un segundo por segundo», de Tomás Arrieta y Marlon Falcón, pertenece a la otra familia, la de Bradbury y la de Bioy Casares: la máquina importa menos que la herida que deja. Una herencia desigual en una escribanía de Esquel, una llave de bronce, una nota que dice «Para el que todavía tiene tiempo». Con eso basta para poner en marcha una novela que empieza como drama familiar patagónico y desemboca, sin que el lector note la costura, en una meditación sobre la dilatación temporal.

Lo primero que celebro es la arquitectura. El libro avanza como su protagonista: revisando cerraduras. Cada capítulo abre una puerta, el galpón, el cuaderno, el viaje accidental de 1961 a 1989, la casa de Melipal, y cada hallazgo resignifica lo anterior. El saco de corderoy, el telescopio, la anotación al margen sobre una tal «E.» reaparecen con la exactitud de quien planta y cosecha. Es oficio, y del bueno.

La lengua acompaña. Un castellano rioplatense sobrio, de frases cortas, con imágenes tomadas del taller mecánico que nunca resultan decorativas: el tiempo espeso «como la miel cuando hace frío», el campo que se alimenta a sí mismo. La física de Elena se explica con relojes en el cerro Otto y no con jerga, y esa decisión es una forma de respeto al lector. El capítulo del viaje a través de la Ruta 40, narrado desde el diario del joven Joaquín, con los álamos de Epuyén crecidos de golpe, es lo mejor del libro: ahí la idea científica se vuelve pura emoción.

Ahora, las reservas. La novela confía tanto en sus motivos que a veces los repite hasta gastarlos: el viento «frío y paciente», el que «llama sin apuro», el cometa que vuelve «puntual, sin apuro» aparecen demasiadas veces, y lo que en la primera mención era hallazgo termina siendo muletilla. Algunos diálogos explican lo que la escena ya había mostrado; la frase de Ana sobre el auto que no lleva a ningún lado porque «ya estás en uno» es hermosa, pero llega subrayada. Y el cierre, sin entrar en detalles, elige la consolación plena allí donde una nota de incertidumbre habría dejado más eco.

También echo de menos alguna aspereza en los hermanos: Raúl, Teresa y Ana tienen rasgos nítidos pero un tanto funcionales, y la duda de Teresa sobre la madre queda abandonada en el camino.

Aun así, pocas veces una novela del género trata la elección de quedarse con tanta delicadeza, sin sermón y sin trucos. Es un libro sobre el valor de vivir el tiempo de a uno, y lo dice con la paciencia de un mecánico que elige la arandela justa. Lo recomiendo sin reparos a cualquier lector adulto, aficionado o no a la ciencia ficción.

Un segundo por segundo

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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