Un tren que llega a su estación, sin descarrilar ni sorprender
Hay libros de divulgación que se limitan a ordenar conceptos y otros que intentan, además, contar una historia. «Todavía tú», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, pertenece al segundo grupo, y su mayor acierto es estructural: Elena y Ramón, la pareja inventada que abre el libro en una cena de aniversario, atraviesan todos los capítulos como hilo conductor. Jubilación, cuerpo que cambia, cuidados, hijos, viejas heridas, miedo a la pérdida: cada tema arranca con una escena breve y desemboca en una herramienta práctica. Es un esquema previsible, pero funciona, porque los episodios se encadenan con lógica novelesca y los personajes recuerdan lo vivido en capítulos anteriores.
La arquitectura conceptual es sólida y honrada con sus fuentes. Epicteto, Séneca, Beck, Ellis y Frankl aparecen sin pedantería, citados con la medida justa y traducidos a situaciones concretas: una merluza, una tarjeta de memoria que no entra, un café que ella prepara sola. Me parece especialmente lograda la distinción entre preferencia y exigencia, ilustrada con una cena olvidada, y el capítulo sobre ayudar y sobreproteger, que es el más fino del libro. Se agradece también la prudencia: los autores separan con claridad el desgaste cotidiano de cualquier situación de maltrato y remiten una y otra vez a médicos, psicólogos y servicios sociales.
Ahí empiezan, sin embargo, mis reservas. Esa prudencia, repetida casi en cada capítulo, acaba sonando a letanía; un lector atento la habría entendido con dos advertencias bien colocadas. Y la metáfora del tren, las ventanillas y las maletas, eficaz en la introducción, se exprime hasta perder brillo. La prosa es limpia, correcta, cálida, pero rara vez arriesga: abundan fórmulas como «conviene no olvidar» o «hay un matiz», y los cierres de capítulo tienden a la sentencia redonda que todo manual de autoayuda conoce. Quien venga de la tradición del ensayo moral, de Montaigne a Marías, echará de menos una voz con aristas.
La ficción, en cambio, tiene momentos de verdad. La fotografía de Elena leyendo junto a la ventana, la risa que es «la forma más digna de estar triste», Ramón con las manos en los bolsillos para no intervenir: son detalles observados, no inventados para ilustrar. Que la merluza del último capítulo esté «algo seca» dice más sobre el realismo del libro que muchas páginas de teoría. El precio es que la pareja resulta demasiado dócil: cada conflicto se resuelve con una conversación ejemplar, y el lector intuye pronto que nada saldrá del todo mal.
Es, en suma, un libro útil, respetuoso y bien pensado para su público, que no busca deslumbrar y no lo consigue. Lo recomendaría sin dudar a una pareja que empieza la jubilación; no lo releería por placer.
Todavía tú
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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