Una linterna para las noches sin luz: el libro de autoayuda que no te trata como tonta
Lo confieso: la autoayuda y yo no nos llevamos bien. Abro uno de estos libros y en la página tres ya me están diciendo que sonría al caos. Así que llegué a «Lo que el apagón no se lleva» con los brazos cruzados. A las diez páginas los había descruzado. A las veinte, estaba subrayando en el metro.
El arranque es puro cine doméstico: una cocina, una olla de arroz a medias, cinco personas y la luz que se va a las siete en punto. Cada uno reacciona a su manera y el libro te lanza la pregunta: ¿quién lo hace mal? Ninguno. Ahí me ganaron. Porque este no es un manual para pensar en positivo, y lo dice bien clarito. No promete devolverte la luz ni convertir la escasez en una oportunidad disfrazada. Promete algo más pequeño y más creíble: ayudarte a sacar algunas piedras del saco.
Esa imagen del saco de arroz que vas llenando de piedras mientras subes escaleras me hizo parar en seco. Es de esas metáforas que luego usas con tus amigos sin citar la fuente. Y el libro está lleno de ellas: la alarma de coche que salta cuando pasa un gato, el puño cerrado frente a la mano abierta, las gafas de sol puestas a medianoche cuando has dormido fatal.
Lo mejor es que no se queda en la teoría. Las ideas de la psicología cognitivo-conductual y de los estoicos llegan siempre de la mano de la familia de Marta y de los vecinos de la calle de los almendros, y acabé queriendo a esa gente. Al noticiero de Andrés con la linterna bajo la barbilla, a Clara como encargada oficial de la linterna, a Tomás en su sillón convertido en sala de espera. Cada capítulo trae su ejercicio con lápiz y papel, sencillo y realista, pensado para hacerse a la luz de una vela.
También me pareció muy responsable. Insiste en que el malestar no es culpa de nadie, distingue aceptar de resignarse y te dice sin rodeos cuándo hace falta un profesional. Nada de vender humo.
¿Pegas? Alguna. La estructura es casi idéntica en todos los capítulos: escena, idea, matiz, ejercicio, advertencia, cierre con frase redonda. Funciona, pero hacia la mitad se nota el molde, y esas frases finales tan pulidas acaban sonando un pelín a pie de foto. Echo de menos algún capítulo que rompa el patrón.
Aun así, es un libro que acompaña. Ideal para leer despacio, de uno en uno, y para regalar a esa persona que lo sostiene todo y nunca pide ayuda.
Lo que el apagón no se lleva
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
