MarlonBooks
← Blog

Una linterna honesta para las noches sin corriente

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Confieso que abrí este libro con el ceño de reglamento. Llevo décadas viendo pasar manuales que te piden sonreír al desastre, y tengo alergia a la palabra resiliencia. Así que cuando leí que una familia se quedaba a oscuras a las siete en punto, preparé el lápiz rojo. Lo usé poco. Subrayé mucho más.

«Lo que el apagón no se lleva», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, es psicología práctica para gente que vive entre cortes de luz, colas y cubos de agua. Su gran acierto es de carpintería: en lugar de sermonear, monta un pequeño reparto. Marta, que sostiene la casa; Julio, que patea cubos; la abuela Elena, resignada con abanico; Andrés y su noticiero de linterna; Tomás, hundido en un sillón convertido en sala de espera. Cada capítulo los usa para explicar una idea de la terapia cognitivo-conductual o de los estoicos, y luego propone un ejercicio con lápiz y vela. Funciona porque los personajes no son muñecos de ventrílocuo: cambian, tropiezan, vuelven.

Lo que brilla es la honestidad. El libro repite, casi con terquedad, lo que no es: ni pensamiento positivo, ni sustituto del médico, ni receta para devolver la corriente. Distingue con finura entre aceptar y resignarse, entre preocuparse y planificar, entre el humor que alivia y el que tapa. Y tiene frases que uno quisiera haber escrito: el saco de arroz al que la mente va añadiendo piedras, o Julio pagando el mismo apagón en tres ventanillas por si acaso. «Querer que algo cambie es un motor; exigir que ya haya cambiado es un freno de mano.» Apuntado.

Ahora, lo que sobra, que para eso me pagan. La estructura es tan regular como un horario de cortes: anécdota, idea, matiz, ejercicio, advertencia profesional, cierre redondo, aforismo. Al cuarto capítulo ya sabes que viene la frase final con lacito, y alguna se nota más pulida que sentida. Las advertencias de buscar ayuda, necesarias y bien escritas, se repiten tanto que acaban sonando a coro. Y Ellis, Beck, Epicteto o Frankl desfilan con prisa, más citados que explorados. Nada grave; manías de viejo columnista.

Lo que sí agradezco es el tono. Nunca culpa a quien sufre, nunca convierte la escasez en lección moral ni elige villanos. Habla de pérdidas, de quien emigra y deja una silla vacía, de la soledad de un vecino, con tacto y sin regodeo. Es un libro amable que no confunde amabilidad con mentira.

No cambiará el mundo, ni lo pretende. Pero cabe en una mesita junto a una lámpara de frasco, y eso, en según qué noches, es mucho.

No trae la luz. Enseña a no apagarse mientras tanto.

Lo que el apagón no se lleva

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

Ver el libro

Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases