Una familia a oscuras que sí está viva
Leo los libros de ayuda como escuchaba en consulta: atenta a si la persona que habla existe de verdad o es solo un ejemplo con nombre. Por eso lo primero que agradezco a «Lo que el apagón no se lleva» es la escena inicial. A las siete se va la luz en casa de Marta y cada miembro de la familia reacciona a su manera: Julio golpea la mesa, la abuela Elena se resigna, Andrés hace un chiste, Clara se agarra a la falda de su madre y Marta, en silencio, piensa que no puede más. Ninguno está ahí para quedar mal. Esa pregunta temprana, ¿quién reacciona mal?, con su respuesta, nadie, marca el tono de todo lo que viene.
El libro recorre ideas conocidas de la terapia cognitivo-conductual y del estoicismo: pensamientos automáticos, distorsiones, la diferencia entre aceptar y resignarse, la activación conductual, el apoyo social, el sentido. Nada es nuevo, pero está contado con una delicadeza poco habitual. La imagen del saco de arroz al que la mente va metiendo piedras funciona como hilo conductor, y la insistencia en que el malestar no es culpa de nadie evita el tono de manual de optimismo obligatorio que tanto daño hace en estos géneros.
Lo más valioso, para mí, son los personajes secundarios que van entrando. Tomás, el vecino que convierte su sillón en sala de espera, tiene una tristeza muy reconocible, y su regreso al portal está narrado sin triunfalismo: pierde tres partidas y se ríe las tres veces. Lourdes, la que nunca dice que no, aprende a poner límites sin dejar de ser buena vecina. Andrés, cuyos chistes resultan ser una puerta cerrada sobre un miedo, es quizá el retrato más fino del libro. Y la silla vacía de Inés, la hermana que se fue, dice más sobre la pérdida ambigua que cualquier definición.
Hay costuras visibles. Algunos cierres de capítulo recurren a una frase redonda que a veces suena más a eslogan que a emoción vivida, y ciertas resoluciones llegan con una suavidad casi demasiado ordenada: el cambio de pensamiento de Marta tras veinte minutos en el suelo del pasillo me pareció algo apresurado. Las listas de recursos, aunque útiles, frenan el pulso narrativo en varios tramos.
Aun así, el último capítulo compensa con creces. Que la protagonista que ha sostenido a todos sea quien necesite ayuda profesional, y que el libro lo cuente sin dramatismo y con indicaciones claras y responsables, me parece un gesto de enorme honestidad.
Al cerrarlo no me quedé con una técnica, sino con una familia en una azotea mirando estrellas. Y eso, en un libro de psicología práctica, es mucho decir.
Lo que el apagón no se lleva
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
Ver el libro
Psicóloga y lectora de personajes
