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Una linterna bien construida para las noches largas

Aurelia Vidal

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Desconfío por costumbre de los libros de autoayuda: suelen prometer luz donde solo hay purpurina. «Lo que el apagón no se lleva», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, me desarmó pronto, y por una razón estructural antes que temática. Los autores no exponen ideas: las encarnan en una familia, la de Marta, y en un puñado de vecinos de la calle de los almendros que reaparecen de capítulo en capítulo hasta formar algo muy parecido a una novela coral en miniatura.

Esa decisión sostiene todo el edificio. Cada capítulo abre con una escena, extrae de ella un concepto de la psicología cognitivo-conductual o del estoicismo, propone un ejercicio y cierra volviendo a los personajes con una frase de remate. Epicteto, Séneca, Ellis, Beck y Frankl desfilan sin pedantería, citados con prudencia y con las salvedades oportunas; el pasaje sobre Frankl, que se niega expresamente a comparar sufrimientos, es un modelo de tacto.

La lengua merece elogio. Es clara, concreta, de imágenes domésticas: el saco de arroz al que la mente va añadiendo piedras, las gafas de sol a medianoche, la factura pagada en tres ventanillas. Hay una distinción excelente entre aceptación y resignación, y otra, tan sencilla como eficaz, entre el «pero» que anula y el «y» que deja convivir dos verdades. La voz es amable sin ser empalagosa, y el libro tiene el valor de decir lo que no puede hacer: no devuelve la luz ni sustituye al médico. Sus avisos sobre cuándo buscar ayuda profesional, incluida la urgencia ante pensamientos de no querer estar, están formulados con sobriedad y sin dramatismo, en perfecta consonancia con lo que un lector adulto necesita oír.

Ahora bien, la virtud del patrón se convierte, hacia la mitad, en su límite. La fórmula escena, concepto, ejercicio, cierre aforístico se vuelve previsible, y esas frases finales, tan pulidas, acaban sonando a epígrafe de calendario. Algunos personajes, como Rogelio o Yoel, existen más como ilustración que como personas. Y se echa de menos alguna aspereza: todos los conflictos se resuelven con una ternura que, en un libro sobre la escasez, a ratos parece demasiado ordenada.

Nada de ello invalida el conjunto. Es un libro útil, respetuoso con quien sufre, que no culpabiliza y que entiende que el consuelo verdadero no consiste en negar el dolor. Pocos manuales del género saben escribir así ni medir tan bien la distancia entre ayudar y prometer. Le doy cuatro estrellas, que en mi cuaderno no se regalan.

Lo que el apagón no se lleva

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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