Diez montañas, cero sermones: el libro de autoayuda que no me hizo poner los ojos en blanco
Confieso que abrí «Las montañas que nadie elige» con el escepticismo puesto. Psicología práctica, metáfora de montaña, diez retos vitales... Me olía a póster motivacional. Pues no. A las dos páginas me había atrapado una frase: la diferencia entre «ojalá esto no hubiera ocurrido» y «esto no debería haber ocurrido». Cerré el libro un segundo en pleno vagón y pensé en cuántas veces discuto con la realidad. Spoiler emocional: muchas.
La idea de fondo es sencilla y está muy bien contada. El dolor ante una pérdida es natural, pero a veces le añadimos piedras a la mochila en forma de exigencias rígidas. Mateo Quiroga y Marlon Falcón lo explican sin tecnicismos, con ejemplos que se quedan pegados y con un tono que acompaña en lugar de dar lecciones. Hasta Epicteto, Séneca y Viktor Frankl aparecen sin ponerse estupendos.
Lo mejor, sin duda, son las personas. Elena poniendo la segunda taza de café me desarmó por completo. Lucía encerrada en el baño tras contestar mal a su padre me pareció tan real que dolía. Y Gonzalo, con su vida que «suena como una radio mal sintonizada», es el capítulo que más me tocó: un vacío sin causa aparente, y alguien por fin diciendo que el desánimo no necesita justificante.
Otro punto enorme a su favor es la honestidad. El libro no vende la idea de que todo se arregla pensando bonito. Dice claramente que quien no llega a fin de mes necesita recursos, que una enfermedad requiere médico y que pensar en positivo no cura nada. Y en cada capítulo señala cuándo toca pedir ayuda profesional. Eso, en un género que a veces promete milagros, se agradece muchísimo.
Ahora, lo que me frenó. La estructura es idéntica capítulo tras capítulo: historia, creencias que pesan, herramientas prácticas, aviso profesional, final con frase redonda. Funciona, pero hacia la mitad empecé a adivinar cada movimiento, y alguna metáfora final roza la tarjeta de felicitación. Los avisos de seguridad, necesarios y bien intencionados, se repiten casi con las mismas palabras, y en lectura seguida se notan. Quizá sea un libro para leer a sorbos, eligiendo la montaña que te toca, más que de un tirón como hice yo.
El cierre, vaciando la mochila, es un regalo: un mapa de bolsillo con preguntas concretas que pienso fotocopiar. Y la última idea, que no siempre volvemos más fuertes pero sí más humanos, me pareció de una sinceridad preciosa.
Se lo voy a mandar a mi madre, a una amiga que acaba de mudarse y, probablemente, a mí misma dentro de unos meses.
Las montañas que nadie elige
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
Ver el libro
Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
