Diez cuestas y una mochila con menos piedras
Tengo en casa una estantería de autoayuda que llamo «el cementerio de los imperativos». Libros que me ordenaban ser feliz en treinta días, visualizar el éxito y abrazar mi niño interior, que por cierto no se deja. Así que abrí «Las montañas que nadie elige», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, con el lápiz afilado y la ceja levantada. Acabé subrayando. No se lo digan a nadie.
La premisa es modesta, y eso ya es una virtud: el dolor ante una pérdida es natural, pero a veces le añadimos piedras en forma de exigencias. «Esto no debería haber pasado». «Tengo que poder con todo». El libro propone cambiarlas por preferencias, con un fondo de terapia cognitiva y un par de estoicos de guardia. Nada revolucionario. Lo bueno es que no pretende serlo.
Lo que brilla son las personas. Elena, que lleva siete meses viuda y sigue poniendo dos tazas; Lucía, con la alarma de las pastillas de su padre; Clara, que se queda un minuto dentro del coche antes de la comida familiar del domingo. Son estampas breves, contadas con oficio, y cada una sostiene su capítulo mejor que cualquier diagrama. La de la segunda taza, convertida en ritual elegido, vale el libro entero.
Y brillan las frases. «Equivocarse en algo no es lo mismo que ser una equivocación». O esa diferencia entre «ojalá no hubiera ocurrido» y «no debería haber ocurrido», que discute con la realidad y, como advierten los autores, siempre pierde. Uno sospecha que han pulido cada cierre de capítulo como quien saca brillo a la plata de la abuela.
También destaca la honradez. El libro insiste en que no todo sufrimiento nace de pensar mal: quien no llega a fin de mes necesita ingresos, no reinterpretaciones. Rara avis en el género.
Ahora, lo que sobra. La estructura es tan regular que a partir del quinto capítulo uno adivina el compás: historia, distinción, creencia rígida, versión flexible, herramientas, aviso profesional, epílogo luminoso, aforismo. El aviso de acudir a emergencias aparece en cada capítulo con idéntica redacción. Entiendo y aplaudo la responsabilidad, pero leído de corrido suena a megafonía de estación. Y la metáfora montañera, encantadora al principio, acaba con agujetas.
Aun así, el capítulo final, que vacía la mochila con una guía práctica de bolsillo, es de lo más útil que he leído en años dentro del género. Sin fuegos artificiales. Sin gurús.
Es un libro para regalar a alguien que está en plena cuesta, y para hojear uno mismo antes de la siguiente. No cura nada. Acompaña, que ya es mucho.
No elegimos la montaña, dicen. Yo tampoco elegí este libro. Y sin embargo, aquí estoy, recomendándolo.
Las montañas que nadie elige
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
