Diez cuestas y una mochila más ligera
Hay libros de autoayuda que hablan al lector desde una cima ya conquistada. «Las montañas que nadie elige», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, prefiere caminar a su lado. Recorre diez situaciones difíciles, del duelo a la soledad, del despido al vacío sin nombre, y en cada una sostiene la misma idea: el dolor es legítimo, pero a veces le sumamos piedras en forma de exigencias rígidas.
Lo que más me ha conmovido no son las herramientas, que son conocidas y están bien explicadas, sino las personas que las sostienen. Elena, que lleva siete meses viuda y sigue poniendo dos tazas en la mesa, es el mejor retrato del libro. Ese gesto que sus manos hacen solas dice más sobre el duelo que cualquier teoría, y su decisión de convertirlo en un ritual elegido es de una delicadeza que me tocó de verdad. También creí a Lucía, encerrada en el baño tras contestar con sequedad a su padre, y a Clara, quieta un minuto dentro del coche antes de entrar en casa de su madre. Son detalles pequeños y exactos, de los que se escuchan en consulta.
Aplaudo la honestidad del enfoque. El libro distingue con cuidado entre pensar mal y sufrir por motivos reales: recuerda que quien no llega a fin de mes necesita recursos, no reinterpretaciones, y que quien vive con miedo necesita protección. Desmonta, además, la idea cruel de que pensar en positivo cura enfermedades. Y en cada capítulo señala con claridad cuándo conviene buscar ayuda profesional.
Ahora bien, la estructura acaba pesando. Todos los capítulos siguen el mismo patrón: escena, creencia, herramientas, aviso y pequeño desenlace luminoso. La repetición da seguridad, pero también resta sorpresa, y las fórmulas finales llegan a sonar casi idénticas. Algunos cierres, como el de Rubén o el de Mariana, resuelven el conflicto con una suavidad que me resultó algo apresurada. No es que suenen falsos, pero los personajes dejan de dudar justo cuando empezaba a interesarme su duda. Gonzalo, en cambio, conserva cierto ruido en su radio hasta el final, y por eso es más creíble.
La metáfora de la montaña funciona y está bien dosificada, y el capítulo final, que vacía la mochila y reúne los hilos, es útil sin ser solemne. Su última idea, que no siempre volvemos más fuertes pero sí más sabios, me parece de una sinceridad poco habitual en el género.
Al cerrarlo me quedé con la taza grande de Andrés en el armario. Es un libro para regalar a quien está empezando una cuesta, y también para releer a ratos uno mismo.
Las montañas que nadie elige
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
