Diez montañas y una mochila con menos piedras
Hay libros de autoayuda que te tratan como a un alumno torpe y otros que te prometen la luna en veintiún días. «Las montañas que nadie elige», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, no hace ni lo uno ni lo otro, y por eso lo voy a recomendar bastante en el mostrador.
La idea es sencilla: la vida nos pone delante cuestas que no hemos pedido, y el libro recorre diez. El duelo, una ruptura, un diagnóstico, cuidar de un padre, perder el trabajo, la soledad no buscada, empezar en otro país, los roces familiares, hacerse mayor y ese vacío raro de cuando todo funciona pero nada dice nada. Cada capítulo arranca con una persona concreta, y ahí está el acierto. Elena, que sigue poniendo dos tazas en la mesa meses después de quedarse viuda. Lucía, con tres alarmas en el móvil para las pastillas de su padre. Clara, que se queda un minuto dentro del coche antes de entrar a comer los domingos. Te reconoces o reconoces a alguien en la primera página.
El hilo que lo une todo es distinguir el dolor inevitable de las «piedras» que le añadimos: los «debería», los «no lo soportaré», el «valgo lo que rindo». Hay herramientas muy concretas, como la hoja de dos columnas para separar lo que depende de ti, la escalera de pequeños pasos para acercarse a la gente o la libreta con horario para las vueltas de cabeza. Nada de jerga: cuando aparece un término técnico, te lo explican con un ejemplo de andar por casa. Y se agradece que no venda pensamiento mágico: dice claramente que pensar en positivo no cura enfermedades y que quien no llega a fin de mes necesita recursos, no reinterpretaciones.
También es un libro responsable. En cada capítulo indica cuándo conviene acudir al médico o a un psicólogo, y lo hace sin dramatismo y sin asustar.
¿Pegas? Que esa responsabilidad, repetida casi con las mismas palabras en todos los capítulos, acaba sonando a estribillo si lo lees del tirón. Y la estructura es tan regular (historia, creencias, herramientas, aviso, final amable) que a partir del quinto capítulo se ve venir. Por eso mi consejo es no leerlo de corrido: ve al capítulo de tu montaña, léelo despacio, haz el ejercicio y vuelve al resto cuando te apetezca. El capítulo final, que recoge lo aprendido en un mapa de bolsillo, sí merece leerse entero.
¿Para quién? Para quien está en plena cuesta y necesita compañía sensata, y también como regalo delicado para un amigo que lo está pasando mal. No es para quien busca profundidad académica. Es para leer con un café una tarde tranquila y una frase que se queda: no elegimos la montaña, pero a veces sí lo que cargamos al subirla.
Las montañas que nadie elige
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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