Cambiarse de asiento a los cuarenta y siete: la novela que me hizo aplaudir a un monovolumen
Lo confieso: me enganchó en la primera línea. Una bibliotecaria que paga noventa euros al mes por guardar un coche que no sabe conducir, y lo tiene apuntado en una libreta con un signo de interrogación muy pequeño, casi avergonzado. Ahí ya supe que esto iba a ir bien.
Elena lleva veinticinco años siendo copiloto profesional. Lee mapas sin girarlos, pela mandarinas sin manchar la tapicería y dice «a la derecha» con la antelación justa. Tras el divorcio, se apunta a la autoescuela del barrio, la del letrero al que le faltan dos letras. Y con eso, Noa Ferrer y Marlon Falcón montan una historia sobre algo mucho más grande que un carné: lo que pasa cuando siempre hay alguien dispuesto a llevarte.
Me he reído en voz alta en el metro, lo aviso. Elena pidiéndole perdón a un semáforo, Julián narrando una rotonda como si fueran los Juegos Olímpicos, la tarta con letras de nata torcidas. El humor es fino, nunca cruel, y nace siempre de los personajes. Las amigas, Rosa e Imma, son de las que querrías tener en una terraza un miércoles con vermut.
Pero lo que me hizo parar fue la madre. Carmen, setenta y seis años, rodillas protestonas y canelones obligatorios los domingos, suelta en una sobremesa una frase sobre por qué nunca aprendió a conducir que me dejó un buen rato mirando por la ventanilla. Las tres generaciones de mujeres, cada una con su propio asiento por reclamar, son el verdadero corazón del libro. La escena de la cocina con el manual lleno de pósits es preciosa.
El romance con Julián, el profesor paciente que antes calculaba puentes, tiene química de la buena: silencios en los semáforos, una canción de Serrat a pleno pulmón. Y me encanta cómo se resuelve la tensión, con un respeto por la decisión de ella que no es nada habitual en el género.
¿Pegas? Alguna. El malentendido del café con el exmarido es un recurso muy visto y se alarga un poco, igual que el bajón de la protagonista al ver a Julián con otra alumna. También hay un par de momentos en los que las metáforas de tráfico se acumulan tanto que casi se nota el intermitente puesto. Y la recta final reparte finales felices para todo el reparto con bastante generosidad, aunque, sinceramente, a esas alturas yo lo estaba deseando.
Es una novela luminosa, cálida y muy bien escrita, de las que te mandas con tus amigas y con tu madre. Si alguna vez has dicho «ya lo pensaré» cuando querías decir «quiero ir yo», este libro es para ti.
Las manos a las diez y diez
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
