Espejo, señal y una libreta azul
Yo aprobé el carné a la tercera, en un Seat Panda que olía a tabaco ajeno, y el examinador me dijo «vuelva pronto» como quien despide a un sobrino pesado. Por eso abrí «Las manos a las diez y diez», de Noa Ferrer y Marlon Falcón, con la ceja levantada. Novela romántica, autoescuela, divorciada de cuarenta y siete años que se cambia de asiento. Me temí el manual de autoayuda con intermitentes.
Me equivoqué, y lo digo con el fastidio de quien presume de no equivocarse nunca.
Elena Puig es bibliotecaria, copiloto «desde 1998, como quien dice fundada en», y paga noventa euros al mes por guardar un coche que no sabe mover. Esa primera página ya vale la entrada. Lo que sigue es una historia de tres generaciones de mujeres que ceden el paso por educación: Elena, su hija Lucía, que vuelve a casa con una maleta coja, y la madre, Carmen, que quiere ver una vez más la fuente de su pueblo de Teruel. Carmen es el gran hallazgo. Una anciana que celebra un aprobado haciendo canelones en martes, «el equivalente a una banda de música», y que confiesa que lo que le gustaba no era ir detrás en la moto del novio, sino la moto.
El libro brilla en los detalles. Las once tazas con té frío repartidas por la casa. Pedirle perdón a un semáforo. El yogur que Lucía ya no recuerda si le gustaba. Ese oído para lo cotidiano es lo que separa esta novela de tantas otras del género.
Ahora, lo que sobra. La metáfora automovilística se exprime hasta la última gota. Ceda el paso, freno de mano, cambio de asiento: hacia la mitad uno empieza a temer que alguien explique la vida con la presión de los neumáticos. Los malentendidos del romance, la rubia que recibe la misma frase, el exmarido visto de lejos, son de manual y se resuelven con una conversación que llega cuando el reloj de la trama lo exige. Y las amigas, simpatiquísimas, a veces parecen estar ahí para pronunciar la tesis en voz alta.
Julián, el profesor, es mejor de lo que el género suele permitir. Un ingeniero de puentes que ahora calcula «cuánto miedo aguanta una persona». Hay una escena frente al mar en la que el libro entiende algo raro y valioso sobre el amor y el poder, y no voy a contar más.
Es una novela sin cinismo, y eso, a mi edad, desarma. No reinventa nada. Pero sabe adónde va y conduce sin calarse. Que es, al fin y al cabo, todo lo que le pedimos a un buen conductor y a un buen libro.
Las manos a las diez y diez
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
