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Cambiarse de asiento a los cuarenta y siete

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay novelas que empiezan con un gran suceso y otras que empiezan con un signo de interrogación muy pequeño, casi avergonzado, dibujado en una libreta de gastos. «Las manos a las diez y diez» pertenece a las segundas, y ahí está su mayor acierto: Elena Puig, bibliotecaria recién divorciada que paga un garaje para un coche que no sabe conducir, no es una heroína que deba salvar nada, sino una mujer que descubre que lleva veinticinco años cediendo el paso con una educación impecable.

Como lectora de personajes, lo que más me ha conmovido es cómo Ferrer y Falcón construyen el espejo entre tres mujeres. Carmen, la madre, con su moto roja de juventud y su frase demoledora, «cuando siempre hay alguien dispuesto a llevarte, una se olvida de que podía querer ir sola»; Lucía, la hija que vuelve con una maleta coja y no sabe qué yogur le gusta. Las once tazas repartidas por la casa y la que aparece un día limpia en el escurridor dicen más del duelo y la reconciliación que cualquier diálogo explicativo. Ese es el registro en el que la novela brilla: los gestos pequeños que cargan el peso.

La trama romántica con Julián, el profesor de autoescuela que fue ingeniero de puentes, está escrita con delicadeza y con una idea que me parece valiosa: él se aparta en el momento justo porque, mientras tenga un freno y ella no, nunca sabrá si lo eligió libremente. Es una manera madura y poco habitual de plantear el consentimiento dentro del género. Los malentendidos intermedios, en cambio, me resultaron más mecánicos: la mujer rubia, la mano de Ramon en el hombro, la frialdad «correcta». Funcionan, pero se ven venir.

También Ramon merece mención: no es un villano, sino un hombre amable cuya generosidad huele a no complicarse. Esa ausencia de culpables hace el divorcio más verdadero. Las amigas, Rosa e Imma, aportan humor y su propio pequeño salto, aunque sus subtramas se resuelven con una facilidad algo de cuento.

Mi reparo principal es la insistencia metafórica. Espejo, señal, maniobra; el ceda el paso; el fin de todas las prohibiciones. La primera vez emocionan, la quinta ya las esperaba, y en algunos pasajes el texto explica la emoción que acababa de mostrar muy bien. Confiar un poco más en el lector habría dado más aire a escenas preciosas.

Aun así, la escena de Carmen sentada al volante en su pueblo, sin arrancar, «solo para saber lo que se siente», es de esas que se quedan dentro mucho después de cerrar el libro. Es una novela amable, sin cinismo, sobre el derecho a querer algo solo para una misma, y la recomiendo especialmente a quien haya pasado demasiado tiempo en el asiento de al lado.

Las manos a las diez y diez

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes