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Cambiarse de asiento a los cuarenta y siete

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Os cuento de qué va en una frase de mostrador: Elena, bibliotecaria de cuarenta y siete años, recién divorciada, se queda con un monovolumen que no sabe conducir. Ha sido copiloto toda la vida, y de las buenas: pela mandarinas sin manchar la tapicería y se sabe todas las emisoras hasta Benicàssim. Cuando su madre, de setenta y seis, le dice que quiere volver a su pueblo de Teruel, Elena entra en una autoescuela con el letrero medio borrado. Y ahí empieza todo.

Lo que más me ha gustado es que el libro sabe reírse sin burlarse de nadie. La escena en la que Elena se cala cuatro veces en la misma calle y acaba pidiéndole perdón al semáforo es de las que te hacen soltar una carcajada en el autobús. Y ese gesto pequeño, pedir perdón por todo, se convierte en el hilo de la novela sin que nadie te lo subraye con rotulador.

Aunque la etiqueta diga romántica, el amor con el profesor de autoescuela, un exingeniero con paciencia infinita, es solo una de las rutas. Las que de verdad me han emocionado son las de las mujeres de la familia: la hija que vuelve a casa con dos maletas y llena el piso de tazas a medias, y la madre que confiesa que siempre quiso conducir y nunca se atrevió a pedirlo. Hay una conversación a tres en una cocina, con un manual de tráfico lleno de pósits, que vale el precio del libro. Las amigas de la azotea, con sus propios sueños aplazados, completan un coro muy bien afinado.

El ritmo es amable y los capítulos van como clases prácticas: cortos, con una pequeña victoria o un pequeño tropiezo cada vez. La historia de amor se cuece a fuego lento y con buen criterio, y eso se agradece.

Ahora, lo honesto: es un libro previsible. Desde la primera página sabes más o menos cómo va a acabar, y algunos malentendidos románticos, como el de la mujer rubia o el café con el ex, se ven venir de lejos y se resuelven con bastante facilidad. Las metáforas de tráfico, además, se repiten mucho: espejo, señal, maniobra, las diez y diez... A mí me hicieron gracia, pero entiendo que a alguien le canse tanto intermitente.

¿Para quién es? Para quien haya cedido el paso demasiadas veces. Para madres e hijas que se hablan poco, para quien está empezando de nuevo y para quien busca una lectura luminosa, sin sobresaltos ni escenas duras. Leedla un domingo por la tarde, mejor si hay pastelitos cerca. Y si alguna vez os ha dado vértigo una rotonda, os vais a sentir en casa.

Las manos a las diez y diez

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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