Cambiar de asiento a los cuarenta y siete
Hay novelas que se sostienen sobre una sola imagen, y «Las manos a las diez y diez» encuentra la suya en la primera página: una bibliotecaria recién divorciada que paga cada mes la plaza de garaje de un coche que no sabe conducir. Noa Ferrer y Marlon Falcón levantan sobre esa ironía una historia de segundas oportunidades que, sin inventar nada, demuestra cuánto puede dar de sí la tradición de la comedia sentimental cuando se trabaja con paciencia.
Lo primero que destaca es la arquitectura. El aprendizaje de Elena funciona como columna vertebral, y en torno a él se ordenan, en paralelo, las historias de tres generaciones de mujeres: la madre que nunca pidió conducir, la hija que huye de una vida demasiado cómoda y las amigas que se atreven, por fin, a sus propios desvíos. El código de circulación se convierte en un vocabulario íntimo: el ceda el paso, la incorporación, el fin de todas las prohibiciones. La metáfora podría resultar mecánica, y a veces roza el subrayado, pero los autores la dosifican con humor y la anclan en objetos concretos: la libreta azul, las tazas que se acumulan, la tarjeta recortada de una caja de cereales.
La prosa es limpia, de frase corta y comparación doméstica, con un sentido del ritmo cómico que recuerda a cierta narrativa costumbrista barcelonesa. Carmen, la madre, es el gran hallazgo: sus réplicas secas y sus canelones en martes valen por páginas enteras de explicación. Los diálogos respiran, y la escena del primer examen, con el llanto que trae equipaje, es de una delicadeza notable.
El romance con el profesor está bien llevado y, sobre todo, bien pensado. Que el freno del doble mando se convierta en argumento ético, y que la relación quede en suspenso hasta que la protagonista ya no dependa de él, es una decisión inteligente que evita el cliché del rescatador. Cumple además sin esfuerzo con cualquier lector adulto: el conflicto es real, pero se trata siempre con respeto y ternura.
Mis reparos son de equilibrio. La novela cierra todos sus círculos con una pulcritud casi escolar: cada frase sembrada florece, cada personaje secundario recibe su pequeña victoria, y el malentendido romántico intermedio resulta algo previsible. Ramon, el exmarido, es demasiado amable para incomodar de verdad, y uno echa de menos alguna aspereza que ponga a prueba tanta armonía.
Aun así, pocas veces he leído una novela romántica que se tome tan en serio la autonomía de su protagonista sin renunciar a la sonrisa. No le doy la quinta estrella por exceso de simetría. Las otras cuatro las ha ganado a la primera, sin calarse.
Las manos a las diez y diez
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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