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Un chivito, un ventilador y el techo invisible de la bahía

Zuri Valdés

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Voy a ser sincera: cuando leí «fábula científica» pensé en esos libros que te esconden una lección de ciencias dentro de un cuento como quien esconde la pastilla en el yogur. Diez páginas después ya no pensaba en nada, porque estaba en una sala de Cienfuegos a las cuatro de la tarde, con un chivito llamado Ñico rimando frente a un ventilador viejo que mueve la cabeza diciendo que no, muy despacio, sin convicción. Esa imagen me ganó. Y vuelve una y otra vez, cada vez con otro peso.

Ñico tiene oído, cuadernos de cuentas de la panadería de su abuela Cachita para escribir en los huecos entre «harina» y «levadura», y una vergüenza enorme de que alguien lo escuche. El barrio vive al ritmo de una corriente que llega y se va según un papel lleno de tachones en la puerta del refrigerador. Los apagones no son decorado: son el motor de la historia, y el libro los cuenta sin quejas ni discursos, con un humor tierno y una paciencia que me recordó a mis abuelos.

El momento que me hizo parar fue la noche más larga, cuando la ciudad entera se queda callada y aparece el mar respirando al final de la calle. Ahí entra Celestina, una tortuga jubilada de la estación meteorológica, y el libro se vuelve otra cosa. Su explicación de por qué el sonido cruza el agua en las noches quietas, con tres niños caminando en fila por la acera y la arena, es de lo mejor que he leído en divulgación disfrazada de cuento. Lo entendí a la primera, y lo más bonito es que Ñico lo entiende conmigo. Luego llegan las columnas del cuaderno, el hilo de coser en una caña que está «dormido» o «con prisa», y unas rimas reescritas con vocales abiertas para que lleguen lejos. Ciencia y poesía dándose la mano, literalmente.

No todo es dulce, y menos mal. Hay fracasos que duelen, una noche de viento que me tuvo apretando el móvil, una discusión injusta y su disculpa, y una reflexión valiente sobre extrañar algo que nació de lo que faltaba. El libro sostiene la tristeza y el agradecimiento a la vez, «en columnas distintas del mismo cuaderno», sin tomar partido ni señalar culpables: la luz simplemente decide.

¿Peros? Algún tramo central se repite un poco, con tanta noche anotada, y a quien venga buscando ritmo de thriller le tocará frenar. Pero frenar es justo lo que el libro te enseña: dejar sitio para que entre el mundo. Personajes inolvidables, desde Lázaro el gallo con su media de nailon hasta Rosaura y sus décimas, y un final que no os voy a contar pero que todavía resuena. Para leer de noche, con la ventana abierta.

La voz que cruza la bahía

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

Ver el libro

Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido