Un chivito que aprendió a callarse para ser oído
Hay libros que se leen con los ojos y otros que se leen con el oído. «La voz que cruza la bahía» pertenece a los segundos. Ñico, un chivito de Cienfuegos que rima frente al ventilador de su abuela, tiene un talento que no sabe nombrar y una timidez que sí conoce demasiado bien: su voz se encoge en cuanto oye pasos en la acera. Ese detalle, tan pequeño, es el corazón del personaje, y Arrieta y Falcón lo cuidan con una delicadeza que reconocí enseguida.
Lo que más me conmovió es cómo el libro trata la frustración. Ñico pierde una grabación, persigue una barra de carga que nunca llega y guarda su cuaderno en el último cajón, debajo de los manteles de las fiestas que ya no se hacen. No hay villanos. Lázaro lo dice sin rencor: la luz decide por los dos. Y justamente esa ausencia de alguien a quien reprochar le duele a Ñico más que cualquier culpable. Pocas novelas para todas las edades se atreven a mirar ese tipo de tristeza tan de frente sin regodearse en ella.
La parte científica está muy bien integrada. Celestina, la tortuga meteoróloga, explica la inversión térmica con niños caminando en fila por la acera y la arena, y el lector entiende por qué una voz cruza el agua de noche sin sentir que asiste a una clase. Más valioso aún: el libro enseña método. Ñico mide, anota, se equivoca, y una noche de viento insiste por orgullo ante cien vecinos. Su enfado con Celestina y la disculpa a la mañana siguiente, con el termómetro como única ceremonia, son de lo mejor del libro: ahí un personaje crece de verdad.
Las relaciones respiran. Cachita habla poco y siempre acierta; Yaneisi llena los silencios porque teme el calendario; Rosaura, la cabra que había dejado de cantar, vuelve a hacerlo porque alguien le dejó sitio. Esa idea, que dejar sitio es otra manera de invitar, me acompañó al cerrar el libro.
Tiene, eso sí, alguna insistencia. Ciertas imágenes, el ventilador que dice que no, las luces que se apagan en cascada, la levadura junto a los versos, regresan tantas veces que su eco pierde fuerza. Y la comunidad se vuelca en ayudar con una armonía a ratos demasiado dulce, sin una sola voz discordante que la ponga a prueba.
Aun así, el tramo final evita el triunfo fácil y se permite algo más honesto: la tristeza y la gratitud caben juntas en el mismo cuaderno, en columnas distintas. Es una fábula luminosa que no niega la oscuridad, y que me recordó que a veces escuchar es lo más valiente que se puede hacer.
La voz que cruza la bahía
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
