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Un chivito, un ventilador y el techo invisible de la bahía

Gael Ortuño

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Si alguien entra a la librería buscando algo tierno pero con cabeza, este es el libro que le pondría en las manos. «La voz que cruza la bahía» cuenta la historia de Ñico, un chivito de Cienfuegos que rima frente al ventilador de su abuela Cachita porque delante de la gente se le encoge la voz. Escribe en los viejos libros de cuentas de la panadería, entre «harina» y «levadura», y esa imagen ya te dice mucho del tono: cotidiano, cálido, lleno de detalles que se quedan.

El conflicto es sencillo y muy humano. La corriente va y viene, y con ella se le escapan a Ñico una grabación en un estudio de garaje y un concurso con fecha límite. Pero una noche de apagón descubre que su voz llega a la otra orilla, y ahí aparece Celestina, una tortuga que pasó cuarenta años en una estación meteorológica. Lo que viene después es lo mejor del libro: una explicación de la inversión térmica tan clara que la entendería un chaval de doce años, con niños caminando en fila por la acera y la arena, un hilo de coser atado a una caña y un cuaderno con columnas que acaban titulándose «hasta dónde». Te sorprenderás mirando el cielo esa misma noche.

El ritmo es pausado, y lo digo como virtud. Los autores dejan huecos entre escenas igual que Ñico aprende a dejarlos entre versos, y el barrio va entrando poco a poco: una vecina con su radio apagado, un pelícano pescador, una cabra que vuelve a cantar décimas, un perro que lleva el compás con una lata. Hay tristeza, frustración y un tropiezo bien contado, sin dramatismos y sin buscar culpables, que es justo lo que pide una historia así.

Peros, alguno. Ciertas frases y gestos se repiten mucho: las gafas en la punta del pico, el lápiz quieto en el aire, el «que no, que no» del ventilador. Al principio son estribillos bonitos; hacia el final pesan un poco. Y la parte central, la de la conversación entre orillas, se alarga más de lo necesario y roza lo azucarado. Nada grave, pero un buen recorte la habría dejado redonda.

¿Para quién es? Para lectores que disfrutan de las fábulas con animales sin que les traten como niños, para quien quiera aprender algo de ciencia sin libro de texto, para abuelos que lean con nietos y para cualquiera que haya sentido vergüenza de mostrar lo que hace. Léelo en una tarde de verano, mejor con la ventana abierta, o en voz alta, que los versos lo agradecen. Y si un día se va la luz en tu calle, ya sabrás qué escuchar.

La voz que cruza la bahía

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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