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Un techo de aire sobre Cienfuegos

Aurelia Vidal

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que confunden la divulgación con la lección y otros que la convierten en relato. «La voz que cruza la bahía», de Tomás Arrieta y Marlon Falcón, pertenece felizmente a los segundos. Su premisa es sencilla: Ñico, un chivito de Cienfuegos que rima frente al ventilador de su abuela, descubre que en las noches de apagón su voz llega a la otra orilla. Detrás de ese prodigio no hay magia, sino física: la inversión térmica, explicada por una tortuga meteoróloga jubilada con una claridad que envidiaría cualquier manual.

Lo admirable es cómo la ciencia entra en la trama sin interrumpirla. La imagen de los tres niños caminando de la mano, uno por la acera y otro por la arena, para explicar la refracción del sonido, es de una pedagogía exacta y a la vez literaria. Y el libro va más allá: el conocimiento transforma la escritura del protagonista, que aprende a elegir vocales abiertas y a dejar pausas para los ecos. Esa fusión entre método científico y poética es lo mejor de la obra, y la frase de Celestina, «Lo calculo, que es saber con humildad», podría servir de lema a todo el género.

La arquitectura es sólida y casi musical. Los motivos regresan con variaciones medidas: el ventilador que dice que no, el cuaderno de la panadería donde los versos crecen junto a la «levadura», las luces de la consola apagándose en cascada. La tradición de la fábula animal convive sin fricción con el realismo de los horarios de corriente tachados a lápiz, y la décima de Rosaura conecta la historia con la poesía popular cubana con verdadero respeto. La lengua es cuidada, rica en imágenes domésticas y fiel al habla del lugar sin caer en el pintoresquismo.

No todo está a la misma altura. La reiteración, que es virtud estructural, a veces se vuelve tic: ciertas fórmulas («la forma más grande del silencio», el lápiz quieto en el aire, el cuaderno cerrado con el lápiz dentro) aparecen tantas veces que pierden fuerza. El tramo central, con la comunidad volcada en ayudar, roza la complacencia; los obstáculos se resuelven con una solidaridad tan unánime que la tensión se diluye. Se agradece, en cambio, el valiente capítulo del regreso de la luz, que se niega a la nostalgia fácil y admite que el progreso y la pérdida pueden caber en columnas distintas del mismo cuaderno.

Es, en suma, un libro honesto, bien construido, que enseña sin sermonear y emociona sin trampas. Le falta algo de aspereza para ser memorable del todo, pero pocas veces he visto la atmósfera tratada con tanta delicadeza. Cuatro estrellas, y las doy con gusto.

La voz que cruza la bahía

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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