El cobrador que dejó de llamar a la puerta
Mi madre tenía una frase para todo: «Ya llorarás cuando seas mayor». Lo cumplí. Lloré con cuarenta y tantos, en una función escolar ajena, por un disfraz de pastorcillo que me picaba en 1971. Así que abrí «Deudas sin cobrador» con la desconfianza de quien ha leído demasiados libros que prometen sanar a tu niño interior en veintiún días.
Me equivoqué, y me alegro. Mateo Quiroga y Marlon Falcón han escrito un libro de psicología práctica que hace algo rarísimo en el género: no te empuja. Lo dicen en la primera página y lo cumplen hasta la última. No quieren que perdones. Quieren que entiendas qué haces con lo que sientes. Parece poco. Es muchísimo.
El hilo conductor es Clara, una mujer inventada con una silla vacía en la memoria y una madre que suelta frases de sobremesa como quien deja caer migas. Funciona. Clara no es un caso clínico, es una vecina. La acompañamos de junio a diciembre, de comida dominical en comida dominical, y su evolución tiene la virtud de no ser triunfal. Avanza, retrocede, se le hace un nudo en la garganta. Como todos.
Lo que brilla: la claridad. Ellis, Beck, Epicteto y Frankl desfilan sin toga ni pedantería. La distinción entre explicar, justificar y absolver merecería estar grabada en la puerta de muchas cocinas. Y el capítulo sobre lo que el perdón no es resulta tan honesto con la investigación, separando asociaciones de causas, que uno quiere aplaudir con la misma fuerza que el abuelo de la última escena.
Lo que sobra: alguna metáfora. Hay guardianes, piedras en el zapato, libros de cuentas, mareas, vallas de huerto, aplicaciones que gastan batería y cobradores que pagan su propio viaje. Todas buenas. Juntas, un pequeño bazar. También los ejercicios acaban pareciéndose demasiado entre sí, y las advertencias sobre buscar ayuda profesional, necesarias y responsables, se repiten con una frecuencia que roza la letanía. Prefiero un exceso de prudencia a lo contrario, pero un párrafo bien plantado habría bastado.
Tiene, además, una delicadeza que no es frecuente: no convierte a los padres en villanos. La fotografía de una niña con un bebé en brazos hace más por la comprensión que veinte páginas de teoría. Y lo hace sin quitarle a Clara ni un gramo de razón.
Es un libro amable, sensato y sin trampas. No cambiará el pasado de nadie. Tampoco lo pretende.
Cerré el libro, llamé a mi madre y le pregunté qué tal estaba. Me habló del tiempo. Esta vez no esperé otra cosa. Debe de ser eso que llaman llevar la piedra en el bolsillo.
Deudas sin cobrador
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
