Una silla vacía en la tercera fila: el rencor visto desde dentro
Hay libros de autoayuda que hablan del perdón como quien vende un electrodoméstico: promesa de alivio, instrucciones y garantía. «Deudas sin cobrador» empieza justo por lo contrario. En sus primeras páginas aclara que no pretende convencer a nadie de que perdone, y esa honestidad marca el tono de todo lo que viene después.
El gran acierto es Clara, una mujer de cuarenta años que, en la función de fin de curso de su hija, vuelve a ver dos sillas vacías de su propia infancia. Los autores advierten que es un ejemplo ilustrativo, pero funciona como un personaje de verdad. Tiene gestos pequeños y creíbles: guarda el asiento con el abrigo, vuelve de las comidas del domingo con dolor de cabeza, ensaya en el coche discusiones que nunca tendrá. Y tiene algo que echo de menos en muchas novelas: cambia despacio, con retrocesos. Cuando por fin habla con su madre en un banco del parque, la conversación no sale como la había ensayado. Esa escena, contenida y sin melodrama, es de lo más verdadero que he leído este año en el género.
La estructura acompaña un año de su vida, de una función escolar a otra, y cada capítulo combina un episodio de Clara, una idea psicológica y un ejercicio. Las referencias a Ellis, Beck, Epicteto o Kristin Neff están bien escogidas y explicadas sin pedantería. Me gustó especialmente la distinción entre explicar, justificar y absolver, y la imagen de la piedra en el bolsillo frente a la piedra bajo el talón, que vuelve en el momento justo. También es de agradecer la prudencia con la evidencia científica: el libro separa lo que se sabe de lo que circula como verdad, y recuerda con claridad cuándo hace falta acudir a un profesional.
No todo brilla igual. A partir de la mitad, el esquema de episodio, teoría y ejercicio se vuelve previsible, y algunos ejercicios se parecen tanto entre sí que se diluyen. Clara, además, es una alumna casi demasiado aplicada: hace cada tarea a tiempo y anota resultados ordenados, y ahí asoma el manual detrás del personaje. Las advertencias de seguridad, necesarias, se repiten tanto que pierden fuerza. Y la madre y el padre, que tienen escenas preciosas como la de la bombilla, habrían ganado con algo más de voz propia.
Aun así, cerré el libro con una sensación rara en este tipo de lecturas: la de haber sido tratada como adulta. No te dice qué sentir. Te ayuda a mirar lo que sientes, con calma, y a decidir dónde quieres llevar la piedra.
Deudas sin cobrador
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
