Una silla vacía bien amueblada
Desconfío por oficio de los libros de autoayuda. Suelen prometer mucho, citar a Marco Aurelio en la contraportada y confundir la frase subrayable con el pensamiento. «Deudas sin cobrador», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, me obligó a guardar el prejuicio en el cajón, y conviene explicar por qué.
Lo primero es la arquitectura. El libro avanza de la mano de Clara, un caso ilustrativo, se nos advierte, que funciona como hilo narrativo durante un año entero: de una función escolar en junio a otra en diciembre. Cada capítulo abre con una escena breve, deriva hacia una idea, propone un ejercicio y vuelve a Clara para cerrar. La fórmula podría resultar mecánica, y a ratos lo es, pero tiene la virtud de la novela de aprendizaje: el lector ve cambiar a alguien, no solo recibe instrucciones. Las imágenes recurrentes, la silla vacía, el guardián que no se jubila, la piedra en el bolsillo o bajo el talón, están sembradas con cuidado y se recogen al final con una economía que agradezco.
La lengua es clara, sobria, sin el almíbar habitual del género. Hay frases de verdadera precisión, como la distinción entre explicar, justificar y absolver, ilustrada con un parte meteorológico que «no te seca la ropa». Las fuentes, Ellis, Beck, Epicteto, Frankl, Neff, se presentan con honradez, y me pareció especialmente valiosa la cautela con la que se habla de la investigación sobre el perdón: asociaciones, no causas. Pocos libros de este tipo se atreven a decir lo que no se sabe.
Ahora, los reparos. La estructura, tan eficaz, acaba siendo previsible: hacia el capítulo siete el lector anticipa el ejercicio, el ejemplo de Clara y la advertencia sobre la ayuda profesional, que se repite con una insistencia comprensible pero que acaba sonando a estribillo. Algunos cierres de capítulo tienen una vocación aforística que roza la tarjeta de felicitación. Y Clara, tan útil, es a veces demasiado aplicada: hace cada ejercicio como una alumna ejemplar, y uno echa de menos que alguna vez le salga mal de verdad.
Aun así, el tono es su mayor logro. El libro repite, y cumple, que no pretende convencer a nadie de perdonar, y esa renuncia a la tesis impuesta le da una autoridad moral rara en el género. Trata el dolor familiar con respeto, sin morbo ni recetas milagrosas.
Es un libro que se lee con lápiz, como a mí me gusta, y que deja anotaciones útiles en el margen. No es una obra maestra, pero sí un trabajo honesto y bien construido. Cuatro estrellas, merecidas.
Deudas sin cobrador
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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