Ochenta y cuatro escalones que se suben solos
Lo confieso: a la página cinco ya estaba enganchada. No por un giro, sino por una señora de setenta años con moño perfecto que le dice a la protagonista que llega cuatro minutos tarde y que se lo perdona porque ha subido las dos maletas a la vez. Doña Remedios es de esos personajes que te roban el libro entero, y lo sabe.
La historia es sencilla: Camila, química colombiana, aterriza en un piso compartido de Lavapiés con un plan de tres meses para homologar su título y largarse. En el piso viven un relojero uruguayo, una enfermera nigeriana que estudia para revalidar, una rumana con sueños de lámparas de araña y un cocinero portugués que habla poco y sale de casa a la una de la madrugada sin dar explicaciones. Y en la nevera, normas escritas a mano. Hasta ahí, nada que no hayas visto. Lo que lo hace especial es cómo está contado.
Porque la prosa tiene un oído buenísimo para lo pequeño. El armario que cruje como si tuviera opiniones. Las maletas en pie junto a la puerta como soldados esperando órdenes. Un vecino que lleva meses fallando el mismo acorde de guitarra. Me paré en seco con la escena de Teo buscando en el chaleco un reloj que ya no está: dos líneas, ni una lágrima explícita, y a mí se me hizo un nudo en mitad del vagón. Y me encantó que Camila piense la cocina en clave de química; esa carcajada en la azotea por la palabra «cinética» es oro.
El romance funciona porque es lento y porque los dos tienen miedo de verdad. Y Ngozi merece mención aparte: la amiga implacable que te obliga a hacer la pregunta que no quieres hacer. Hay una escena suya en la escalera que me hizo querer aplaudir.
Ahora, lo que me chirrió. El último tramo se acelera muchísimo y todo empieza a encajar con una facilidad casi de cuento: problemas que se resuelven en un párrafo, decisiones que llegan bien envueltas. Algún malentendido también se estira un pelín más de lo creíble. Y hay frases que buscan la cita subrayable con demasiado empeño. Si eres de quienes necesitan aristas, aquí vas a encontrar más almohada que piedra.
Pero, oye, a veces una quiere exactamente eso: una casa con normas para que nadie tenga que pedir lo que necesita. Va de migrar, de familias que se eligen y de aprender a recibir y no solo a dar. Se la pasaría a mi madre, a mi compañera de piso y a cualquiera que haya llegado a una ciudad con dos maletas y cero planes de quedarse. Cuatro estrellas, y una magdalena extra para Remedios.
Cuarto sin ascensor
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
