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Ochenta y cuatro escalones y ni un portazo

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Viví seis años en un quinto sin ascensor. Aprendí dos cosas: que la compra se piensa dos veces y que los vecinos, de tanto oírse, acaban siendo familia o enemigos. «Cuarto sin ascensor», de Noa Ferrer y Marlon Falcón, apuesta por lo primero, y lo hace con una terquedad que al principio me pareció sospechosa y al final me desarmó.

Camila llega de Bogotá con dos maletas, un título de química en trámite y un plan de tres meses. La recibe doña Remedios, casera de moño perfecto y normas pegadas en la nevera. Alrededor, un relojero uruguayo, una estudiante rumana, una enfermera nigeriana y un cocinero portugués que habla poco y guisa como si te conociera. Sí, el reparto parece un folleto de convivencia. Pero ninguno es una pancarta: cada cual tiene su herida, su orgullo y su manera torpe de querer.

Lo que brilla son las frases. Un pasillo «largo como una frase sin comas». Un armario que cruje «como si tuviera opiniones». Las maletas en pie, «como dos soldados que esperan órdenes». Y una de Remedios que subrayé dos veces, como ella: las normas no son para mandar, sino para que nadie tenga que pedir lo que necesita. Ahí está el libro entero. La química de Camila, usada para explicar el caldo verde o los celos, es un hallazgo simpático que los autores no estiran más de la cuenta, cosa que agradezco.

La subtrama de Teo y sus hijas es lo mejor: contenida, dolorosa sin regodeo, con un cajón de fotos que pesa más que cualquier discurso. También la noche de Ilinca en la fiesta de Serrano, donde descubre que borrar su origen sale caro. Y Ngozi, que pasa de recitar fármacos a tomar el mando en un rellano, merecería novela propia.

Lo que sobra. El romance tira de malentendidos de manual: un sobre, un abrazo, una mujer de abrigo camel y tres capítulos de silencio que una sola pregunta habría resuelto. La propia Ngozi se lo dice a Camila, lo cual es honesto pero no lo arregla. Y el tramo final reparte felicidad con tanta generosidad que uno espera ver aparecer al duende de Remedios firmando cheques. Todo encaja, todo se cierra, todo llega a tiempo. La vida, que yo sepa, adelanta dos minutos.

Aun así, cuesta resistirse. Es una novela amable que no es tonta, escrita con oído para el diálogo y cariño sin empalago casi siempre. Ideal para leer un domingo, entre lentejas y sobremesa.

La cerré pensando que hay libros que se suben como escaleras: cansan un poco, pero arriba siempre hay alguien esperando con la luz encendida.

Cuarto sin ascensor

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases