Ochenta y cuatro escalones hacia dentro
Hay novelas que se leen y novelas que se habitan. «Cuarto sin ascensor», de Noa Ferrer y Marlon Falcón, pertenece a las segundas: uno sube con Camila los ochenta y cuatro escalones de un piso de Lavapiés y, sin darse cuenta, deja las maletas debajo de la cama. Esa imagen, la de una química colombiana que se impone un plan de tres meses como quien se pone un paracaídas, es la llave emocional del libro, y está muy bien elegida.
Lo que más me ha conmovido es cómo se construye el cuidado. Doña Remedios no dice cariño: escribe normas en la nevera. Bruno no pregunta: pone la cafetera al fuego. Teo no pide: manda dinero, que es su manera de decir que sigue ahí. Como lectora que pasó años escuchando, reconozco esa verdad: muchas personas aman en un idioma que no es el de las palabras. La frase de Remedios, que las normas sirven para que nadie tenga que pedir lo que necesita, resume la novela entera sin subrayarla.
Los personajes secundarios no son decorado. Ngozi, serena e implacable, tiene una de las escenas más hermosas del libro, cuando su calma se vuelve suelo firme para todos en el rellano. Ilinca es quizá la evolución más honda: su duda ante una pregunta tan sencilla como de dónde es dice mucho sobre el pequeño precio de querer pertenecer, y la novela lo trata con delicadeza, sin juzgarla. El edificio entero, con su guitarra desafinada y su geranio, funciona como un coro discreto.
La relación entre Camila y Bruno avanza con un ritmo de comedia romántica clásica, y aquí aparecen mis reservas. El malentendido del bar resulta algo previsible, y el secreto de Bruno, aunque coherente con su carácter, llega envuelto en una bondad casi sin aristas. Me habría gustado ver en él alguna sombra que no se redimiera tan pronto.
También noto que, en el tramo final, la novela se apresura a recompensar a todos. Entiendo el impulso, y hay reconciliaciones escritas con verdadera finura, como la de un padre que aprende a recibir, pero la acumulación de buenas noticias resta un poco de peso a lo que antes dolía. La vida rara vez reparte tan bien.
Aun así, el libro deja algo dentro al cerrarlo: la certeza de que una casa no la hacen las paredes, sino quienes se quedan despiertos esperando a que llegues. Es una lectura cálida, humana y respetuosa, con humor amable y emociones que, casi siempre, suenan a verdad.
Cuarto sin ascensor
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
