Ochenta y cuatro escalones que se suben con gusto
Hay libros que se recomiendan con la mano en el hombro, y «Cuarto sin ascensor» es uno de ellos. Camila llega de Bogotá a un piso compartido de Lavapiés con dos maletas y un plan de tres meses: homologar su título de química, encontrar trabajo en un laboratorio y decidir. Allí la esperan doña Remedios, una casera que gobierna la casa con notas pegadas en la nevera, y cuatro inquilinos que llegaron de Montevideo, Bucarest, Lagos y Oporto. Ya os imagináis lo que pasa con el plan.
Lo que más me ha gustado son los detalles pequeños. Las normas escritas con tinta azul, el reloj de la cocina que adelanta dos minutos desde 2019, el vecino que lleva meses fallando el mismo acorde en la guitarra, el cuaderno donde la casa se deja recados. Camila explica el pan con fórmulas químicas y repasa nomenclatura con Ngozi a cambio de fregar. Son cosas así las que hacen que un piso de papel huela a lentejas de domingo. Los diálogos tienen chispa, y doña Remedios se lleva las mejores frases.
El ritmo es tranquilo, de capítulos que se leen como quien se toma un café. Los personajes son el motor del libro. Teo, el relojero que lo da todo a unas hijas que apenas lo llaman, me dejó un nudo en la garganta más de una vez. Hay tristeza, una enfermedad, malentendidos y una historia de amor que se cuece a fuego lento, pero todo se trata con delicadeza.
Ahora, la parte honesta. La novela es muy dulce, y en algunos tramos se le nota. El malentendido central del romance es de manual: bastaba una pregunta para resolverlo, y el propio libro lo sabe. Bruno, el cocinero callado, resulta casi demasiado bueno para ser de carne y hueso. Y el último capítulo resuelve tantas cosas en tan pocas páginas que parece una lista de buenas noticias. Me habría gustado que alguna se quedara un poco más abierta o que costara algo más conseguirla.
¿Para quién es? Para quien haya empezado de cero en otra ciudad, para quien haya compartido piso y añore esas sobremesas, y para quien venga de una semana dura y quiera reconciliarse con la gente. Es perfecta para un domingo de lluvia o para regalársela a esa amiga que acaba de mudarse. No busquéis sorpresas ni aristas. Buscad compañía, que eso lo da a manos llenas.
Cuarto sin ascensor
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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