MarlonBooks
← Blog

Ochenta y cuatro escalones de buena voluntad

Aurelia Vidal

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay una tradición española de novela de vecindario que va de las corralas de Galdós a «La colmena», y que entiende el edificio como un organismo: paredes finas, vidas superpuestas, el rumor de los otros como coro. «Cuarto sin ascensor» se inscribe en esa estirpe con una propuesta sencilla y eficaz: Camila, química colombiana que trabaja de madrugada en un obrador mientras espera la homologación de su título, llega a un piso compartido de Lavapiés gobernado por las normas manuscritas de una casera que emigró a Stuttgart en los sesenta.

Lo mejor del libro es su arquitectura de motivos. Los ochenta y cuatro escalones, la luz de la escalera que «se paga», los portazos prohibidos, el reloj de cocina que adelanta dos minutos: nada es decorado, todo regresa transformado, y el lector atento disfruta viendo cómo una norma de nevera acaba significando otra cosa. La prosa es limpia, con comparaciones felices, a menudo químicas, que dan coherencia a la mirada de la protagonista. El diálogo tiene ritmo de comedia bien medida, y Remedios es un personaje memorable, seca y tierna a la vez.

El capítulo de Ilinca en la fiesta de la calle Serrano es, a mi juicio, el más logrado: ahí la novela se permite una incomodidad moral verdadera, la de reconocerse en aquello que se reprocha a otro, y la resuelve con una escena de cocina, una sopa a deshoras, de sobriedad admirable.

Las objeciones llegan por exceso de dulzura. Ngozi funciona demasiadas veces como dispensadora de proverbios de Lagos; el malentendido romántico central descansa en un recurso muy gastado que una sola pregunta habría disuelto; y en el último tramo los obstáculos se apartan con una diligencia que roza la providencia: llamadas oportunas, sellos que aparecen, decisiones que llegan justo a tiempo. Uno echa de menos que algo cueste de verdad y no se recupere. Hay, además, pequeñas vacilaciones en el tratamiento de usted y tú que una revisión atenta habría pulido.

No es poco lo que ofrece: una comunidad de personas llegadas de muchos lugares, retratada sin condescendencia ni estereotipos, y una idea hermosa formulada por la casera, la de que las normas existen para que nadie tenga que pedir lo que necesita. Es una lectura grata, bien construida y algo complaciente. Tres estrellas que, con un poco más de valentía, habrían podido ser cuatro.

Cuarto sin ascensor

Noa Ferrer y Marlon Falcón

Ver el libro

Catedrática jubilada, la que nunca regala una estrella