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El libro que me hizo cerrar la vista previa de la cámara

Zuri Valdés

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Confieso que lo abrí con cara de pocos amigos. ¿Un libro de psicología práctica sobre vender por videollamada? Me olía a powerpoint motivacional. Diez páginas, me dije. Si no me engancha, fuera. Me enganchó en la segunda, con Andrés moviendo la cámara dos centímetros a la izquierda y mirando una planta que, según desde dónde se mire, parece descuidada. Me reí sola en el andén porque yo soy Andrés. Todos somos Andrés.

La gracia de «Confianza en la pantalla» es que no te sermonea: te cuenta escenas. Cada capítulo arranca con dos personas reales de oficina, una que se hunde y otra que sale a flote, y a partir de ahí desmonta lo que les pasa por dentro. El rectángulo negro con iniciales que tu mente rellena con desprecio. Los tres segundos de silencio tras decir el precio que te empujan a regalar un descuento que nadie pidió. El correo de rechazo de cuatro líneas que tú conviertes en un juicio sobre toda tu carrera. Leí ese capítulo un viernes y me pareció que alguien me estaba espiando.

Lo que más me gustó es la honestidad. Cada herramienta viene con sus límites: esto no garantiza la venta, esto no arregla una carga de trabajo absurda, y si la ansiedad te quita el sueño, consulta a un profesional. Cero promesas de milagro. Y las citas de Séneca, Epicteto o Ellis aparecen justas, sin ponerse estupendos. Hay frases que me guardé tal cual, como la de que una buena presentación responde a preguntas y escuchar sirve para descubrir cuáles son.

El momento que me hizo parar fue el de Nuria diciendo «eso no lo hace» y ganándose a un cliente para siempre. Tan simple y tan poco habitual.

Ahora, lo que no funciona tanto. La estructura es un reloj suizo, y eso a la larga cansa. Dos personajes, una distorsión, unas creencias rígidas, una versión más flexible, tres o cuatro pasos, los límites, final con moraleja en una línea. Hacia la mitad ya adivinaba el siguiente movimiento y empecé a leer en diagonal las partes de creencias, que suenan casi idénticas de un capítulo a otro. Algún ejercicio también se solapa con otro anterior. Me habría gustado más riesgo, algún caso que no terminara tan redondo.

Aun así, el cierre, volviendo a Lucía y montando un plan semanal sencillo, me reconcilió. Es de esos libros que no lees una vez y archivas, sino que dejas a mano antes de una llamada importante. Se lo he mandado ya a tres amigas que viven pegadas a la cámara. Ninguna me ha pedido que deje de insistir, así que voy bien.

Confianza en la pantalla

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido