El rectángulo negro no muerde
Hace años, en una redacción que hoy es un aparcamiento, un director me dijo que mis silencios en las reuniones eran «hostiles». Yo estaba pensando en la comida. Ese malentendido, que me costó una sección de jardinería, es exactamente el asunto de «Confianza en la pantalla», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón: lo que pasa entre lo que ocurre y lo que nos contamos que ocurre, ahora con wifi.
El libro es un manual para vender por videollamada sin morir en el intento. Dicho así suena a curso de fin de semana en un hotel de polígono. No lo es. Cada capítulo arranca con dos personajes, uno que tropieza y otro que ya ha aprendido a levantarse, y desde ahí desmonta una creencia con herramientas de la terapia cognitivo-conductual, un poco de Ellis y su ración de estoicos. Séneca, Epicteto y Marco Aurelio aparecen con la discreción de quien sabe que está de moda y prefiere no presumir.
Lo que brilla son las frases. «Un rectángulo negro no es un juicio». La conexión que tiene «sentido del drama». Andrés moviendo la taza de la estantería y temiendo lo que el cliente pensará de su planta, que «de momento no ha ofendido a nadie». Subrayé más de lo que pienso admitir. Y hay una honestidad poco habitual en el género: cada herramienta viene con sus límites, se avisa de que el silencio a veces sí es desinterés y se remite al profesional de la salud sin dramatismo y sin escurrir el bulto. Incluso se recuerda que hay empresas que empujan a prometer de más, cosa que la autoayuda suele olvidar para no estropear la fe del lector en su propio esfuerzo.
Lo que sobra es la plantilla. Anécdota doble, mecanismo psicológico, creencias rígidas entre comillas, versión flexible, pasos numerados, límites, epílogo feliz, frase final. A la sexta vuelta uno ya sabe cuándo llegará el «debajo suelen asomar algunas creencias conocidas», y casi lo recita con ellos. Es coherente con un libro que defiende la repetición como método, pero la coherencia también cansa. Algún capítulo, el del cansancio de las pantallas, se alarga más que la propia reunión de las siete.
El cierre, con Lucía volviendo a sus nueve y veinte, está bien pensado: no resume, propone un plan semanal y deja a la protagonista sin saber si venderá. Eso, en un libro de ventas, es casi un acto de valentía. La imagen del arquero que suelta la flecha y ya no manda sobre el viento vale por media biblioteca de motivación.
No es literatura, ni lo pretende. Es un libro útil escrito con cuidado, que trata al lector como a un adulto con nervios y no como a un cliente al que hay que deslumbrar. Que ya es bastante.
Yo, por mi parte, sigo pensando en la comida durante las reuniones. Pero ahora lo digo en voz alta.
Confianza en la pantalla
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
