Un manual que aprendió a escuchar antes de proponer
Llego a los libros de psicología práctica con el lápiz afilado y pocas esperanzas. El género suele confundir el entusiasmo con el argumento y la anécdota con la prueba. «Confianza en la pantalla», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, me ha obligado a guardar parte de esa desconfianza, y lo digo con la alegría de quien no esperaba tenerla.
La arquitectura es su primer mérito. Cada capítulo sigue una partitura reconocible: dos personajes que encarnan dos maneras de equivocarse o de acertar, una explicación del mecanismo psicológico, las creencias que lo sostienen, una versión más flexible, unas herramientas y, al final, sus límites. Esa última sección es lo que distingue el libro de la mercancía habitual: los autores advierten una y otra vez que nada garantiza la venta y remiten con sensatez a un profesional cuando el malestar persiste. Es una honestidad que el lector agradece y que, además, coincide con la tesis del capítulo dedicado a la confianza: quien reconoce un límite vuelve creíble todo lo demás.
El segundo mérito es la lengua. La prosa es clara, sin anglicismos de oficina, y tiene un oído fino para la imagen doméstica: el silencio que cae «como una manta mojada», la voz entrecortada «como un robot cansado que lee un horóscopo», la planta que, de momento, «no ha ofendido a nadie». El humor es amable y nunca se ríe de los personajes. Las fuentes clásicas, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, y las modernas, Ellis y Frankl, aparecen con discreción y bien digeridas; el libro sabe lo que le debe a la tradición estoica y a la terapia cognitiva, y lo paga sin presumir.
Me gusta especialmente la composición en anillo: Lucía abre y cierra el volumen, y su regreso en el último capítulo, con el ritual aprendido y los nervios intactos, funciona mejor que cualquier resumen. Los capítulos se citan entre sí, la «linterna» de la atención reaparece, y el lector percibe un libro pensado como conjunto.
Ahora, las reservas. La simetría acaba siendo previsible: hacia la mitad uno sabe que tras el caso vendrán las creencias entre comillas y tras ellas la frase reformulada, y esa regularidad, útil para el aprendizaje, pesa en la lectura seguida. Algunos desenlaces, como el de la clienta que meses después confiesa que el plazo realista la decidió, son demasiado redondos para un libro que predica la incertidumbre. Y ciertas expresiones, «asoman algunas creencias conocidas», se repiten con una insistencia que un editor atento habría podado.
No es literatura, ni pretende serlo, pero es un manual escrito con oficio, respeto por el lector y una ética poco frecuente en su estantería. Cuatro estrellas, y no las regalo.
Confianza en la pantalla
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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