Un cuco contra el silencio
Tuve un reloj de cuco. Lo heredé, como Elena, y como Elena tardé años en colgarlo. Cuando por fin lo hice, el pájaro de madera salía con tal desgana que parecía cobrar por horas. Así que abrí «Canta a las horas en punto» con la ceja levantada. Un libro de autoayuda sobre el duelo con una canaria de protagonista. Me esperaba purpurina. Me encontré con un libro honesto.
La premisa es mínima: muere Pipo, Lima deja de cantar, aparece un cuco en la pared de enfrente. Y lo primero que hacen Mateo Quiroga y Marlon Falcón es desmontar su propia metáfora. Advierten que Lima no prueba nada, que no sabemos qué siente un ave y que, si pudiera leer, pediría «más alpiste y menos interpretaciones». Ahí me ganaron. Un libro que se ríe de su propio truco antes que el crítico merece respeto.
Lo que sigue es un recorrido sensato por lo que la psicología sabe y lo que solo cree saber. Las cinco etapas de Kübler-Ross, rebajadas a lista de emociones posibles. El péndulo de Stroebe y Schut, explicado con el péndulo del reloj, que es de esas imágenes que uno subraya y luego roba en las cenas. Epicteto con una hoja partida en dos columnas. Séneca y la sala de espera del dentista. Frankl leído sin convertirlo en postal. Todo con citas prudentes y una costumbre rara en el género: decir dónde acaba la evidencia.
Brilla, sobre todo, en las frases. «El tiempo es el terreno, no el jardinero». «El corazón no es una jaula con una sola percha». «Una cadena enredada no se arregla tirando más fuerte». Y en su delicadeza con los duelos que nadie reconoce, ese «era solo un pájaro» que tantos han escuchado. El capítulo sobre cómo acompañar debería repartirse en los tanatorios, junto a los caramelos de menta.
Lo que sobra. La estructura de manual pesa a ratos: anécdota, autor citado, ejercicio, advertencia, regreso a la canaria, frase final. Al quinto capítulo uno ya sabe cuándo va a sonar el cuco. Los personajes de apoyo, Andrés, Tomás, Carmen, Julián, son ejemplos con nombre más que personas. Y los recordatorios de pedir ayuda profesional, necesarios y bien puestos, se repiten tanto que alguno podría ceder su turno. Es un defecto de exceso de cuidado, que es el mejor defecto posible en un libro así.
No cura nada, y lo dice. No fija plazos, y lo dice. Ofrece pasos pequeños, de los que se pueden dar en un mal día. Para quien está atravesando una pérdida, o acompañando a alguien que la atraviesa, es una compañía amable y nada empalagosa.
Mi cuco sigue saliendo con desgana. Pero ahora, cuando asoma, le presto atención. A veces eso es todo lo que un libro puede pedirle a uno.
Canta a las horas en punto
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
