Un reloj de cuco para aprender a echar de menos
Hay libros sobre el duelo que hablan del dolor desde la tarima. «Canta a las horas en punto», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, prefiere sentarse en una cocina. Allí vive Elena, una mujer que pierde a uno de sus dos canarios, y allí se queda Lima, la canaria que deja de cantar hasta que un viejo reloj de cuco empieza a marcarle las horas.
Lo primero que me ganó fue su honestidad. Los autores advierten pronto que Lima es una metáfora y no una prueba, que no sabemos qué siente un ave y que si pudiera leernos pediría «más alpiste y menos interpretaciones». Esa humildad recorre todo el libro. Cuando revisa las famosas cinco etapas, cuando explica el modelo de proceso dual o la idea de los vínculos continuos, lo hace con matices, citando a quien corresponde y sin vender certezas que la investigación no ofrece. Los ejercicios, desde el registro de pensamientos hasta la carta a quien se fue, son sencillos, realistas y llegan siempre con permiso para dejarlos.
Como lectora de personajes, me interesa si están vivos. Elena lo está: su culpa por las plumas ahuecadas que no supo leer, su risa incómoda la primera tarde del trino, su desayuno de pie. Pero quien de verdad me tocó fue Marta, la amiga de los jueves, con el piso de su hermano todavía cerrado y esa frase final de una llamada que tardaré en olvidar: «Gracias por no intentar arreglarme». Ahí el libro deja de explicar el duelo y simplemente lo muestra.
Los demás personajes funcionan peor. Andrés, Tomás, Carmen, Julián o Rosa aparecen como viñetas ilustrativas, útiles pero algo esquemáticas, casi casos de manual. La madre de Elena, en cambio, tiene un pequeño giro tardío que me pareció precioso por discreto. También noté cierta insistencia en cerrar cada capítulo con un aforismo pulido; alguno emociona, pero acumulados restan naturalidad a una voz que funciona mejor cuando susurra.
Merece mención el cuidado con que trata los momentos delicados. Señala cuándo un duelo se enreda, recuerda la importancia de pedir ayuda profesional y da espacio a las pérdidas que el entorno no reconoce: una mascota, una ruptura, un país dejado atrás. Nadie queda fuera.
Cerré el libro con una sensación serena. No promete que el dolor desaparezca, sino que puede dejar de ocuparlo todo. Y desde entonces, lo confieso, escucho los relojes de otra manera.
Canta a las horas en punto
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
