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Un reloj de cuco para los días en que la casa se queda callada

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que uno vende y libros que uno receta. Este es de los segundos. Cuando alguien entra en la librería con esa cara de quien ha perdido algo y no sabe qué buscar, casi nunca quiere un tratado. Quiere que alguien le diga que lo que siente tiene sentido. Eso hace «Canta a las horas en punto», y lo hace con una delicadeza que no abunda en la sección de autoayuda.

El hilo es sencillo y precioso: Elena pierde a Pipo, uno de sus dos canarios, y la otra, Lima, deja de cantar. Hasta que Elena cuelga un viejo reloj de cuco frente a la jaula. A partir de ahí, cada capítulo vuelve a esa cocina para hablar del duelo humano: las famosas cinco etapas (y por qué no hace falta pasar por todas), los pensamientos que se repiten como estribillos, las reglas invisibles de «tengo que ser fuerte», la culpa de la primera risa, los aniversarios que pesan antes de llegar. Lo que más me gustó es que los autores avisan desde el principio de que Lima es una metáfora, no una prueba. Esa honestidad recorre todo el libro.

El ritmo es amable. Capítulos cortos, ejemplos cotidianos (Andrés llorando delante de las galletas que compraba su madre, Rosa enfrentándose a unas contraseñas que nadie le dio) y ejercicios que de verdad se pueden hacer con un cuaderno y un rato libre: el registro de pensamientos, las dos columnas de lo que depende de ti, una carta final. Mezcla psicología cognitivo-conductual con algo de estoicismo y lo explica sin una sola palabra de jerga. Me parece muy sensato además que amplíe el duelo más allá de la muerte: una mascota, una ruptura, un país que se deja atrás.

¿Pegas? Alguna. A partir de la mitad la estructura se vuelve previsible: anécdota de Elena, idea, ejercicio, regreso al reloj y frase redonda de cierre. Funciona, pero algunas de esas frases finales suenan a imán de nevera. Y quien busque profundidad académica se quedará con ganas; esto es un acompañante, no un manual técnico. A cambio, trata con mucho tacto cuándo pedir ayuda profesional, sin alarmar ni minimizar.

¿Para quién es? Para quien está en los primeros meses de una pérdida y se pregunta si sufre poco, demasiado o mal. Para quien acompaña a alguien y no sabe qué decir; el capítulo de las frases hechas debería repartirse en los tanatorios. Y, muy especialmente, para quien ha perdido un animal y ha oído eso de «era solo un pájaro».

Cuándo leerlo: despacio, un capítulo por tarde, con un lápiz cerca. Y si un día no apetece, se cierra sin culpa. El propio libro te da permiso.

Canta a las horas en punto

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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