Siete días, un aljibe y yo llorando en el metro
Lo confieso: empecé este libro pensando que iba a ser el típico romance de postal con palmeras. Diez páginas después estaba en el andén, con la parada pasada, oliendo cola de piel y café recién tostado. Leonor es una encuadernadora portuguesa que llega a La Habana a entregar un libro de horas restaurado, y un retraso del vapor la deja siete días en una casa de huéspedes con patio, aljibe y un mamoncillo. Allí, al atardecer, un chico se frota la tinta de imprenta de las manos. Y ya está. Ya me tenían.
Lo que más me ha enamorado es cómo el libro convierte los oficios en lenguaje amoroso. Ella cose sin abrir agujeros nuevos porque cada agujero es una herida; él compone versos en plomo a la hora del almuerzo y los deshace antes de que vuelva el maestro. Hay una escena en la imprenta, con el nombre de Leonor compuesto del revés y luego devuelto letra a letra a su cajetín, que me hizo cerrar el libro un momento. Es de esas ternuras que no necesitan decir te quiero.
La ambientación es una delicia para los cinco sentidos: el mamey que sabe a un otoño que no conoces, el guarapo, los farolillos de una fiesta de barrio, un danzón bailado en un ladrillo. Y los secundarios están vivísimos. Doña Caridad, con su manojo de llaves y su mirada que lo mide todo, y sobre todo la tía Amélia, que empieza como alivio cómico y acaba regalando la conversación más honda de la novela. Esa charla en la galería sobre el miedo disfrazado de deber me la he subrayado entera.
Y cuando llega la tensión, llega de verdad: un ciclón, una propuesta laboral de las que salen una vez en la vida, dos personas atadas a orillas distintas. Me gustó que el conflicto no venga de malentendidos tontos, sino de responsabilidades reales y de gente adulta que se habla con honestidad.
¿Peros? Alguno. El ritmo es muy contemplativo, y si buscas giros constantes te puedes impacientar en la primera mitad. Hay tanta metáfora de taller que a ratos roza lo previsible, y casi todos los personajes son tan buenos y tan sabios que se echa de menos algo de fricción. La noche del temporal, además, resuelve todo lo pendiente con una dulzura un pelín conveniente.
Aun así, el cierre es precioso y contenido, sin trampas ni empalagos. No os cuento cómo acaba, pero sí que me dejó con una sonrisa tonta y ganas de aprender a encuadernar. Para tardes de manta, para quien ama los libros como objeto y para quien cree que los grandes amores también caben en una semana.
Siete días en el patio
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
