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Tinta, cola y un ciclón con buenos modales

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hace años, un linotipista jubilado me enseñó a leer un molde del revés. Tardé una tarde entera en componer mi apellido y él tardó un minuto en devolver cada letra a su cajetín, sin mirar. Me acordé de aquel hombre durante toda la lectura de «Siete días en el patio», de Inés Caldeira y Marlon Falcón, que es, antes que una novela de amor, una novela sobre manos que saben hacer cosas.

La premisa cabe en un sobre de naviera: una joven encuadernadora de Lisboa entrega un libro de horas en La Habana de los años veinte, el vapor de vuelta se retrasa una semana y en la casa de huéspedes hay un patio, un aljibe y un cajista con tinta en los dedos. Ya saben ustedes cómo sigue. Lo bueno es que los autores también lo saben y no intentan disimularlo. Prefieren contarlo bien.

Y lo cuentan bien. Las escenas de oficio son lo mejor del libro: la cola calentándose al baño maría, el nombre compuesto del revés en el componedor, los versos que el muchacho compone a la hora del almuerzo y deshace antes de que vuelva el maestro. Esa imagen, la de unos poemas que duran lo que dura un almuerzo, vale por media docena de declaraciones de amor. Hay frases que subrayé sin pudor, como esa de que lo más importante es lo que no se ve.

Los secundarios sostienen la tela. La madre viuda, con su manojo de llaves y sus cuentas de centavos, y sobre todo la tía Amélia, que guarda una historia antigua y una advertencia muy sensata: no cambiarle el nombre a las cosas. Esa conversación en la galería es el corazón moral de la novela y está escrita con una contención admirable.

Ahora, lo que sobra, que para eso me pagan. La novela desconfía a veces de su lector y le explica la metáfora que acaba de mostrarle: el lomo cosido con tensión pareja, las dos orillas, el libro que no se rompe. Bastaba con la imagen; la glosa la enfría. El ciclón llega con una puntualidad sospechosa y resuelve tensiones casi por encargo, y la heroína salva un libro ajeno con una eficacia que roza el milagro. Todo es muy amable, quizá demasiado. Ningún personaje se equivoca de verdad.

Pero esa amabilidad tiene también su mérito: la pena está ahí, la pérdida del padre lector, la carta educada que duele más que un portazo, y nada se regodea. Los autores tratan el dolor como Leonor trata el papel: sin abrir agujeros nuevos.

No es una novela que vaya a cambiar el género. Es una novela que lo encuaderna con cariño. Y a mi edad, ya lo sé, eso se agradece más que una revolución.

Siete días en el patio

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases