Una semana en La Habana que huele a cola, tinta y mamey
Si alguien entra en la librería y me pide una historia de amor que no le haga pasar un mal rato, que huela a otro siglo y que se lea en dos tardes, ahora mismo le pondría en las manos «Siete días en el patio». Leonor, encuadernadora lisboeta, viaja a La Habana de los años veinte con su tía para entregar un libro de horas restaurado. El vapor de vuelta se retrasa una semana, y en la casa de huéspedes donde esperan vive Julián, un cajista que se lava la tinta de imprenta en el aljibe cada tarde. Con eso basta para arrancar.
Lo que más me ha gustado es que los dos se enamoran a través del oficio. Ella cose cuadernillos y explica que cada agujero en el papel es una herida; él compone versos con tipos de plomo y los deshace antes de que vuelva el maestro. Hay una escena en la imprenta, cuando él le enseña a componer su nombre letra por letra, que es de esas que uno subraya. Y la ciudad está viva: el mamey que sabe a un otoño desconocido, el guarapo del mercado, un danzón bailado «en un ladrillo» bajo farolillos de papel.
El ritmo es pausado, casi de paseo, y casi cada capítulo es un día. A quien busque giros constantes se le puede hacer suave de más en la primera mitad. Luego llega un ciclón que sacude la casa, y la historia gana tensión y emoción sin perder la delicadeza. Los secundarios están muy bien llevados: la madre de Julián, que vigila con cariño y cautela, y sobre todo la tía Amélia, que en una conversación de galería cuenta una historia propia que da sentido a todo el libro.
Ahora, lo honesto: es un romance que juega en terreno conocido. Los dos protagonistas son tan nobles y tan comprensivos que el conflicto entre ellos se resuelve casi siempre con buenas palabras, y uno echa de menos alguna aspereza. También hay imágenes que se repiten bastante, como las manos manchadas o la tinta en las yemas. Funciona, pero se nota el hilo.
¿Para quién es? Para lectores de María Dueñas en su vena más tierna, para quien disfrutó de historias de oficios antiguos y para cualquiera que necesite un libro amable entre dos lecturas duras. Es limpio, respetuoso y apto para cualquier adulto. Léelo con un café al lado, mejor por la tarde, y deja que el ventilador haga de brisa del Malecón. No te cuento cómo termina la semana, pero cerré el libro con una sonrisa.
Siete días en el patio
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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