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La ferretería que me hizo llorar en el metro (y tomar apuntes)

Zuri Valdés

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Confieso que abrí «Quien levantaba la persiana» con el escudo puesto. Psicología práctica, alzhéimer, ejercicios al final de cada capítulo... Me esperaba un manual con olor a sala de espera. Y en la primera página aparece Julián empujando la persiana metálica a las siete en punto, Rosa encendiendo la cafetera del almacén, y yo ya estaba dentro. Diez páginas, prueba superada con nota.

El truco de Mateo Quiroga y Marlon Falcón es sencillo y funciona de maravilla: una familia inventada, los Vidal, que recorre todo el libro mientras el padre va perdiendo la memoria. Cada capítulo arranca con una escena suya, explica qué está pasando por dentro, propone pautas concretas y vuelve a la familia para cerrar. Así la teoría nunca flota en el aire. Cuando hablan de que la emoción dura más que el recuerdo, no te lo cuentan: te enseñan dos visitas distintas al mismo padre y cómo queda él después de cada una. Ahí tuve que parar, mirar por la ventanilla del metro y respirar.

Lo que más valoro es la honestidad. No promete milagros, repite sin pesadez que el diagnóstico y los tratamientos son cosa de profesionales, y aun así te da cosas que puedes hacer esta misma tarde: frases cortas, atender a la emoción antes que al dato, un cuaderno para entender qué desencadena una tarde difícil, una reunión familiar con lista de tareas y nombre propio. Hay un capítulo sobre la culpa del cuidador que debería imprimirse y repartirse en los centros de salud. Ese momento en que la hija siente alivio al irse y se odia por ello es de lo más verdadero que he leído en mucho tiempo.

También me gustó que no idealice a nadie. Los hermanos discuten, la madre se cree imprescindible, alguien grita en el coche. Y el libro no juzga: explica, acompaña y propone reparar.

¿Pegas? Alguna. La estructura es tan regular que hacia la mitad ya sabes cuándo viene el ejercicio y cuándo la moraleja final en una frase, y algunas ideas se repiten más de lo necesario. Las citas de estoicos y de Frankl a veces aportan y a veces parecen puestas para dar empaque. Y la metáfora de la ferretería, preciosa al principio, roza el exceso en algún capítulo.

Pero son detalles. Este es de esos libros que una manda a una amiga sin pensarlo cuando le cuenta que su padre anda despistado. Te enseña a cambiar la pregunta de si te recuerda por cómo se siente cuando estás con él. Y yo cerré el libro con ganas de llamar a mi abuela.

Quien levantaba la persiana

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido