MarlonBooks
← Blog

La persiana que no se oxida

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Mi abuelo tenía un taller de bicicletas y una costumbre: dejar la llave inglesa siempre en el mismo clavo. Cuando empezó a dejarla en la nevera, en casa dijimos que era la edad. Lo dijimos durante dos años. Este libro me ha recordado aquel clavo, y no es un elogio pequeño.

«Quien levantaba la persiana», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, acompaña a la familia Vidal, dueños de una ferretería de barrio, desde las primeras señales del alzhéimer de Julián hasta un presente que no conviene contar. Los Vidal no existen, avisan los autores. Pues se parecen a todo el mundo. Es lo que tienen las buenas ficciones al servicio de algo.

Lo que brilla primero es la estructura. Cada capítulo arranca con una escena doméstica, la desmonta con herramientas de la psicología cognitivo-conductual y pequeñas dosis de estoicismo, propone un ejercicio y vuelve a la escena para cerrarla. Suena a fórmula, y lo es. Pero es una fórmula que funciona, como el nudo de cordel que Julián sigue haciendo cuando ya ha olvidado casi todo lo demás.

Brilla también la prudencia. Los autores repiten, quizá con más insistencia de la necesaria, que el diagnóstico corresponde al médico, que los fármacos no se tocan por cuenta propia y que hay causas tratables tras un cambio brusco. Uno agradece la responsabilidad. El lector agotado, que es el destinatario, también.

Y brillan las frases. «La frase hiriente suele ser el síntoma, no el mensaje». «Es dejar de discutir con la enfermedad a través de la persona». La comparación del almacén donde las cajas nuevas no encuentran estante explica la memoria mejor que tres folletos juntos. La del olor del café que permanece cuando nadie recuerda quién encendió la cafetera la he copiado en una libreta, y yo no copio nada.

Ahora, lo que sobra. La persiana, la cafetera, el proveedor de agosto y los treinta y ocho años vuelven tantas veces que al final uno los ve venir como al cobrador del gas. El capítulo de recursos se vuelve inevitablemente un listado con prosa. Y los finales de capítulo, siempre con su sentencia, tienden a cerrarse con lazo, como paquete de regalo. Frankl, Séneca y Epicteto aparecen con buen tino, pero se nota que los traen de visita.

Nada de eso hunde el negocio. El libro trata la culpa, el alivio de irse, el reparto injusto entre hermanos y el duelo por alguien que sigue en el sillón con una delicadeza que no confunde ternura con azúcar. No juzga a nadie, ni al hijo que opina desde lejos.

Lo he cerrado con la sensación de que alguien había ordenado por fin la caja de tornillos. A veces eso es todo lo que se le puede pedir a un libro.

Quien levantaba la persiana

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

Ver el libro

Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases