MarlonBooks
← Blog

La persiana que sigue subiendo: un manual que se lee como una vida

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros de psicología práctica que explican bien y otros que acompañan. «Quien levantaba la persiana» pertenece a los segundos, y lo consigue por una decisión sencilla: inventar una familia y no soltarla nunca. Julián, ferretero durante treinta y ocho años; Rosa, la otra mitad del negocio; Elena, la hija que vive cerca; Andrés, el que llega cada dos semanas y ve los cambios a saltos. Los autores advierten desde la primera página que esa familia no existe, pero se parece a muchas. Y es verdad.

Lo que más me ha conmovido es la precisión de los gestos pequeños. Rosa corrigiendo a escondidas los pedidos de su marido, cuidando sin saber que cuida. Julián con el chaleco de trabajo a las siete menos veinte, buscando unas llaves que ya no cuelgan allí. Elena sintiendo alivio al cerrar la puerta y culpa justo detrás. Son detalles que solo escribe quien ha escuchado a familias reales, y gracias a ellos las pautas cognitivo-conductuales, el esquema ABC o la distinción estoica entre lo que depende de nosotros y lo que no dejan de ser teoría para convertirse en algo que se reconoce en el propio cuerpo.

El libro es, además, prudente y honesto. Insiste una y otra vez en que el diagnóstico y los tratamientos corresponden a profesionales, no promete curas y tampoco se queda en la desesperanza. Me parece especialmente lúcido el capítulo sobre la pérdida ambigua: nombra un duelo que casi nadie reconoce, el de llorar a alguien que sigue sentado en el sillón, y lo hace sin regodearse en el dolor.

Tiene, eso sí, algunos límites. La estructura se repite con rigidez: escena, explicación, creencias a revisar, pautas, ejercicio, escena final y frase de cierre. Funciona, pero hacia la mitad empieza a notarse el molde, y alguna de esas frases finales roza el aforismo de taza. También hay momentos en que los personajes resuelven demasiado bien lo aprendido; la reunión familiar o la entrega de las llaves fluyen con una docilidad que la vida rara vez concede. Y se echa de menos que Andrés tenga más voz propia; a veces es más una función que una persona.

Nada de eso empaña lo esencial. Las metáforas de la tienda, el almacén donde las cajas nuevas ya no encuentran estante, el olor del café que perdura cuando nadie recuerda quién lo hizo, son de una claridad que ayuda a entender sin herir. Y la pregunta que proponen, cambiar «¿me recuerda?» por «¿cómo se siente cuando estoy con él?», puede transformar la tarde de muchas familias.

Cerré el libro pensando en Rosa más que en ningún concepto. Eso, en un manual, es el mayor elogio que sé hacer.

Quien levantaba la persiana

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

Ver el libro

Psicóloga y lectora de personajes