Una persiana que se sigue abriendo: oficio y ternura en un manual para familias
Leo con lápiz, y este libro me lo ha dejado casi intacto, que es lo más difícil de conseguir en un género tan dado a la exhortación. «Quien levantaba la persiana», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, es una guía para familias que acompañan a una persona con alzhéimer, pero está armada como una novela breve en episodios: la de los Vidal, matrimonio de ferreteros, sus dos hijos y una nieta curiosa. No hace falta decir que el apellido me hizo sonreír.
La arquitectura es su gran acierto. Cada capítulo abre con una escena doméstica, la convierte en problema, la examina con herramientas de la psicología cognitivo-conductual y de la tradición estoica, propone un ejercicio y regresa a la escena para cerrarla. El esquema es previsible, sí, pero es el previsible de un buen oficio: el lector sabe dónde está y avanza con confianza. Y la ferretería no es mero decorado. El almacén donde ya nadie coloca las cajas nuevas, el cierre del domingo que permite abrir el lunes, el chico que ayudaba en verano sin que nadie pensara que se cerraba la tienda: las metáforas nacen del propio mundo de los personajes, y eso las hace verosímiles y nada ornamentales.
La lengua es limpia, de frase corta y sin tecnicismos innecesarios. Me interesa especialmente la honestidad del tono. Los autores repiten, con buen criterio, que el diagnóstico y los tratamientos corresponden a los profesionales; no prometen curas; distinguen aceptación de resignación; y tratan la culpa, el alivio y la vergüenza del cuidador sin moralina. Las páginas sobre la pérdida ambigua, a partir de Pauline Boss, y el capítulo dedicado a la desigual carga entre hermanos son de lo mejor que he leído sobre el asunto en clave divulgativa. Frankl, Epicteto y Séneca aparecen sin pedantería, como interlocutores y no como adorno.
Tiene flaquezas. Los aforismos que cierran cada capítulo acaban sonando a fórmula, y algunos pasan del acierto al cartel de corcho. Ciertas pautas se repiten casi literalmente, lo que tal vez ayude al lector agotado que hojea, pero estorba al que lee de corrido. Y los Vidal resuelven sus conflictos con una docilidad algo optimista: la reunión familiar funciona demasiado bien a la primera, y uno echa de menos un ejercicio que fracase del todo, porque en la vida fracasan muchos.
Aun así, el libro consigue lo que la buena literatura de consuelo ha buscado siempre, de Séneca a las cartas de Rilke: tratar al lector como adulto, sin anestesiarlo ni asustarlo. Está escrito con delicadeza, respeta a la persona enferma en cada línea y nunca se regodea en el dolor. No regalo estrellas, y esta no es un regalo: cuatro, ganadas con oficio. La quinta la reservo para cuando los autores se atrevan a dejar alguna escena sin cerrar.
Quien levantaba la persiana
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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