Un huerto, una regadera abollada y una frase que pesa como una piedra en el zapato
Confieso que entré con el ceño fruncido. Una mujer despedida que viaja a Okinawa a buscar su ikigai con un diagrama de cuatro círculos en el cuaderno. Yo ya me veía venir la postal: cerezos, frases zen, señora sabia. Y entonces Toyo mira el famoso diagrama, se ríe y pregunta si es para un examen. Ahí me compraron.
Elena, la protagonista, es esa persona que todos conocemos o somos: la que revisa tres veces cada informe y mete el portátil en la maleta de vacaciones por si acaso. Su frase fija, «a mi edad y sin trabajo, he fracasado», vuelve una y otra vez, y el libro tiene el acierto de no espantarla de golpe. La va desmontando despacio, entre riegos a las siete de la mañana, buñuelos y un tifón que me tuvo pegada a la página en el metro.
Toyo es el corazón de todo. Tiene ochenta y nueve años, habla un español antiguo de Lima y suelta cosas como «no estoy tranquila, estoy cosiendo» con una naturalidad que da envidia. Lo mejor es que no la convierten en un oráculo de cartón: hay un momento, que no voy a destripar, en que la novela le permite ser vulnerable, y tuve que cerrar el libro un rato. Las amigas del moai discutiendo por el precio del pescado son lo más divertido que he leído este mes.
Ahora, lo que me frenó. Esto es medio novela, medio guía de psicología, y se nota la costura. Cada capítulo para la historia para explicarte qué es el pensamiento dicotómico, quién era Albert Ellis o cómo hacer un registro de pensamientos, y luego te propone un ejercicio. Las explicaciones son claras, cuidadosas y nada pedantes, pero algunas veces quería seguir con Elena y me tocaba clase. Los cierres en forma de frase redonda también acaban siendo previsibles.
Aun así, hay mucho que aplaudir. Trata la pérdida, el duelo y el agotamiento con un respeto enorme, sin regodearse y sin vender soluciones mágicas. Me encantó que desmonte el mito del diagrama del ikigai y que insista, sin sermonear, en que pedir ayuda profesional no es fracasar. Y el tramo final tiene la honestidad de contar que las cosas no salen perfectas, algo que muy pocos libros de este estilo se atreven a hacer.
Si estás cansada de exigirte el diez en todo, este libro te pide quedarte en el ocho. Yo lo intenté con esta reseña. Bueno, casi.
Ochenta por ciento
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
