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Regar a las siete, subrayar a las ocho

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Confieso que abrí este libro con el colmillo afilado. Una mujer quemada, una isla japonesa, una anciana sabia y la palabra ikigai en la primera página. Me olía a póster de oficina con atardecer. Llevo media vida huyendo de los libros que te dicen cómo vivir, y casi siempre gano la carrera.

Esta vez perdí, y me alegro.

«Ochenta por ciento» cuenta la historia de Elena, cuarenta y cuatro años, despedida tras diecinueve de ser la primera en llegar y la última en irse, que se va tres meses a casa de Toyo, una viuda de ochenta y nueve años en el norte de Okinawa. Lo primero que hace el libro es reírse del diagrama de los cuatro círculos que Elena lleva en el cuaderno. Toyo lo mira y pregunta si es para un examen. Ahí me ganaron. Un libro que desconfía de su propia moda merece crédito.

Lo mejor es Toyo. Habla un español antiguo aprendido en Lima, no da discursos y suelta frases que uno subraya aunque jure que no. «Por eso caben en un día», dice de las cosas pequeñas. O ante el tifón: «No estoy tranquila. Estoy cosiendo». Y cuando llora por una amiga, el libro tiene la valentía de no convertirla en estatua de serenidad. Ese capítulo, el del duelo, es el más honesto de todos.

Lo que sobra también conviene decirlo. Cada capítulo se detiene para explicar al lector lo que acaba de pasar: pensamiento dicotómico, catastrofismo, activación conductual, Ellis, Beck, Epicteto. Las explicaciones son claras y prudentes, y siempre recuerdan que hay que pedir ayuda profesional cuando el malestar se instala. Bien. Pero la escena ya lo había dicho mejor. Cuando Elena manda el mensaje a su madre sin corregirlo y recibe un corazón y una foto del gato, no necesito que luego me expliquen a Albert Ellis. El gato ya lo explicó.

Aun así, el andamiaje didáctico no aplasta la historia. Es una novela-manual que sabe que es ambas cosas y no se avergüenza. Hay humor seco, un moai de señoras discutiendo el precio del pescado que da gloria, y una honradez poco común en el desenlace, que no voy a desvelar, salvo para decir que no le promete a nadie un milagro.

Termino como Elena: con una lista corta. Me llevo a Toyo, las goyas y la idea de no ir siempre hasta el borde. Le habría quitado un tercio de las lecciones. Le habría dejado todas las escenas.

Un libro que me pide conformarme con el ochenta por ciento merece, por coherencia, que no le exija el cien.

Ochenta por ciento

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases