Una isla, una regadera y una frase que aprende a soltarse
«Ochenta por ciento» es una novela híbrida: la historia de Elena, despedida a los cuarenta y cuatro años tras diecinueve en la misma empresa, y a la vez un pequeño manual de terapia cognitiva que se intercala en cada capítulo. Elena viaja al norte de Okinawa con un cuaderno azul y un diagrama de cuatro círculos, convencida de que allí encontrará su propósito. Lo que encuentra es una regadera abollada.
Lo mejor del libro es la verdad de su agotamiento. El llanto en el aparcamiento del supermercado, las rodajas de zanahoria del mismo grosor, el mensaje a su madre reescrito durante veinte minutos: son detalles que cualquiera que haya acompañado a alguien quemado reconoce al instante. Y hay un acierto fino: lo primero que siente Elena al ser despedida no es rabia, sino vergüenza. Ese matiz sostiene toda la novela.
Toyo Kinjo es el gran personaje. Podría haber sido la anciana sabia de manual, y el texto lo esquiva con inteligencia. Se ríe del diagrama, cose mientras llega el tifón porque «no estoy tranquila, estoy cosiendo», y cuando muere su amiga Haruko llora sin consuelo ni frase redonda. Ese capítulo es el más hermoso: Elena descubre que su faro también se apaga a ratos, y aprende a acompañar sin arreglar. Su historia de la guerra está contada con contención, sin regodearse, y sirve para algo valioso: negar que el dolor sea una competición.
El moai merece mención aparte. Cinco mujeres discutiendo el precio del pescado y la fecha de una boda de hace medio siglo transmiten más sobre el apoyo real que cualquier explicación. Cuando Elena dice por fin «estoy bastante cansada» y la respuesta es otro buñuelo en el plato, la escena respira.
Ahí está también mi reserva. Tras cada escena llega una voz que se dirige al lector, nombra la distorsión, cita a Ellis, Beck o Epicteto y propone un ejercicio. Las explicaciones son claras, prudentes y responsables, y la insistencia en buscar ayuda profesional es de agradecer. Pero la estructura se vuelve previsible y a veces aplana momentos que ya habían hecho su trabajo. La novela confía en sus lectores menos de lo que sus personajes merecen.
Aun así, el tramo final evita la trampa del viaje redentor. No hay transformación milagrosa: hay recaídas, un acuerdo laboral a medias, una psicóloga y tomateras que a veces se secan. Esa honestidad es la que me deja algo dentro al cerrar el libro.
Es una lectura serena y útil para quien esté cansado de exigirse el diez. No todo cabe en una maleta, pero esta novela cabe en una mesilla.
Ochenta por ciento
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
