Una isla, una regadera y la frase que no te deja dormir
Os cuento cómo es este libro, porque no es exactamente lo que parece en la portada. «Ochenta por ciento» sigue a Elena, cuarenta y cuatro años, despedida tras diecinueve en la misma empresa, que viaja al norte de Okinawa para pasar tres meses en casa de Toyo, una viuda de ochenta y nueve años que habla un español aprendido en Lima. Elena llega con un cuaderno azul y el famoso diagrama de los cuatro círculos del ikigai, convencida de que allí encontrará su propósito. Lo que recibe el primer día es una regadera abollada.
Y ahí está la gracia. Toyo es de esos personajes que te gustaría tener de vecina: suelta frases cortas que se quedan pegadas, como cuando le dice a Elena que sus rodajas de zanahoria perfectas no se comen, se miran. Hay escenas que me han encantado: la tarde del moai con cuatro señoras discutiendo el precio del pescado, Toyo remendando una camisa mientras llega un tifón, o la mañana en que replanta el huerto destrozado porque siempre viene otro tifón y por eso hay que sembrar entre medias.
Ahora, el aviso honesto del mostrador: esto es mitad novela, mitad libro de divulgación psicológica. Cada capítulo para la historia y se pone a explicar qué le pasa a Elena, con nombres como pensamiento dicotómico, catastrofismo o activación conductual, y te propone un pequeño ejercicio. Las explicaciones son claras, prudentes y sin humo, y recuerdan varias veces que buscar ayuda profesional es sensato. Pero si vienes buscando una novela pura, notarás el frenazo; a mí, hacia la mitad, la estructura se me hizo algo previsible: escena, explicación, ejercicio, frase final redonda.
Lo que más me ha convencido es que no vende milagros. Desmonta con cariño el mito del ikigai de internet y el de la receta okinawense, y deja que Toyo también llore por una amiga. Y el último tramo, ya en Madrid, se atreve a contar una recaída, cosa que agradezco muchísimo: nada de volver curada y feliz para siempre.
¿Para quién es? Para quien acaba de perder un trabajo, para quien contesta correos a medianoche, para esa amiga que repasa tres veces un mensaje antes de mandarlo. Se lee rápido, en tres o cuatro tardes, y pide lápiz a mano. Yo lo regalaría a alguien que esté pasando una mala racha, mejor en una época tranquila que le deje tiempo para hacer los ejercicios. No cambiará la vida a nadie de golpe, ni lo pretende, pero deja una idea que se riega sola: que el sentido se cultiva con cosas pequeñas.
Ochenta por ciento
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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