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Una fábula con regadera y manual de instrucciones

Aurelia Vidal

2 de noviembre de 2026

★★★★★

«Ochenta por ciento» pertenece a una estirpe reconocible: la novela de aprendizaje con maestro sabio, esa que va del Siddhartha de Hesse a tantos libros de consulta disfrazados de relato. Elena, despedida tras diecinueve años de entrega abnegada, viaja al norte de Okinawa con un diagrama del ikigai en el cuaderno y la convicción de que ha fracasado. La recibe Toyo, una anciana de ochenta y nueve años que le pone una regadera en las manos. A partir de ahí, cada capítulo administra una lección: el pensamiento de todo o nada, el perfeccionismo, la necesidad de aprobación, la comparación del dolor, la anticipación, el catastrofismo, la activación conductual, el duelo, el registro de pensamientos.

Lo mejor del libro está en sus escenas. La prosa es limpia, precisa, con imágenes justas y nada ampulosas: el futón que huele a sol, las rodajas de zanahoria cortadas con un esmero absurdo, la reunión del moai donde cinco amigas discuten el precio del pescado mientras la protagonista ensaya en vano su presentación. Toyo es un personaje logrado precisamente porque esquiva el cliché del oráculo: ríe, cose mientras llega el tifón, llora ante el altar cuando muere una amiga. Ese capítulo del duelo, en el que la discípula comprende que su maestra no le debe una serenidad permanente, es el momento en que la novela supera su molde. También es honesto el desmontaje del diagrama de los cuatro círculos y del mito de la longevidad isleña: el libro corrige su propio punto de partida, y eso le da credibilidad.

El problema es estructural. Cada capítulo sigue el mismo esquema: escena, pausa, explicación psicológica, matiz prudente, ejercicio para el lector, frase final de cierre. La segunda persona irrumpe con un «si quieres probarlo» que convierte al lector en paciente y a la novela en folleto. Funciona dos o tres veces; a la décima, la arquitectura se vuelve previsible y las aforísticas despedidas de capítulo empiezan a sonar a taza de desayuno, la misma que el narrador, con ironía, dice no querer escribir. Una buena escena, como la del huerto arrasado y el boniato que sobrevive bajo tierra, no necesita que alguien acuda después a nombrar el catastrofismo.

Conviene reconocer el cuidado ético del libro: insiste, con insistencia casi reglamentaria, en que estas herramientas no sustituyen la ayuda profesional, y el epílogo madrileño, con su recaída sin dramatismo, evita el final redondo de autoayuda. Es una decisión madura.

Queda, pues, un híbrido: como novela, delicada pero tutelada; como guía, amable y bien documentada. Quien busque acompañamiento sereno lo encontrará. Quien busque literatura que confíe en el silencio echará de menos que los autores aplicaran a su prosa el principio de su título y dejaran ese veinte por ciento al lector.

Ochenta por ciento

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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