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Un cucurucho de limón y una placa de latón con el nombre correcto

Gael Ortuño

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que recomiendo con la mano en el pecho a quien entra diciendo «quiero algo que me ponga de buen humor». Este va directo a esa pila. Rosa Restrepo llega a Barcelona con dos maletas rojas, un divorcio a la espalda y veinte años siendo la parte invisible de un despacho que llevaba el nombre de su marido. Acaba vendiendo helados en un carrito color menta de la Barceloneta, y desde ahí reconstruye su vida bola a bola.

Lo primero que engancha es el humor. La escena en la que un niño de seis años le gana una discusión sobre la stracciatella es de las que te hacen sonreír en el autobús. Mercè, la heladera que discute con las gaviotas, se queda contigo días después; y Nuria, la compañera de piso enfermera, aporta ese contrapunto cariñoso y entrometido que todos tenemos en algún amigo.

El romance con Bernat, el de las bicis, es de cocción lenta. Nada de flechazos: un hombre callado que arregla ruedas, presta flexos con pegatinas de planetas y deja tuercas con notas firmadas con una inicial. Rosa le paga en helados de limón, y esa pequeña costumbre se convierte en el hilo más bonito del libro. Hay tropiezos, malentendidos y silencios, todos tratados con delicadeza y sin dramas impostados.

También tiene algo que no esperaba: los capítulos en los que Rosa explica a sus clientes cosas útiles sobre fianzas, horas extra o contratos con letra pequeña. Se cuelan con naturalidad y sales sabiendo algo práctico. Ojo, no es un manual; la propia novela insiste en que informar no es asesorar, y eso me pareció honesto.

¿Pegas? La segunda mitad pisa terreno conocido. Las tentaciones que pone a prueba a Rosa se huelen antes de llegar, y algunas frases y gestos se repiten tanto que pierden chispa. Los secundarios jóvenes del máster resultan simpáticos pero un poco planos. Nada grave, pero el lector con muchas novelas románticas a cuestas verá venir casi todas las curvas.

¿Para quién es? Para quien haya tenido que volver a empezar, por elección o por obligación. Para lectoras y lectores de cuarenta en adelante que echan de menos protagonistas de su edad. Para regalar a una amiga recién separada, o a una madre que siempre se quedó en la esquina de las fotos. Y para cualquiera que busque una historia amable sin caer en lo empalagoso.

¿Cuándo leerlo? Un fin de semana de verano, con algo frío al lado. Si es helado de limón, mejor.

Mi nombre en la puerta

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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